Beatriz llegó a Bulevar temprano. No quería que Gonzalo se le adelantase. No había nadie en recepción, aunque sí que podía oír las voces de las chicas en la cafetería. Se acercó hasta allí y todas la recibieron con una inmensa sonrisa y cara de sorpresa.
Después vino el interrogatorio de rigor: ¿dónde has estado? ¿Qué has estado haciendo? ¿Por qué no nos llamaste?
De repente, Elena da un grito.
-¡Virgen de la Fuensanta! ¡Niña! ¿Qué es eso que brilla en tu dedo?
-¿Un anillo de compromiso? -sugiere Jimena.
-¡Tiene toda la pinta! -exclama Chusa.- Al final, Alfredo va a hacer de tí una mujer honesta...
-No es un anillo de compromiso -negó Bea.- Es un regalo.
-Sí, claro, nena -siguió Elena.- En ese dedo y de esas características, qué me estás contando.
-¡Anda, suelta un poco la lengua! Que esto está de un soso últimamente -se quejó Jimena.
-Ya os he dicho que no es nada... -A Bea la salvó la campana. O mejor dicho, Benito.
-Chicas, chicas, tenéis que subir enseguida. Hay follón en el despacho de Álvaro. Se ha vuelto loco..
Todas subieron corriendo. Se oía un estruendo horrible dentro del despacho. Cayetana quería entrar, pero Richard se lo impedía. Parecía como si lo estuvieran demoliendo. Nadie se atrevía a entrar.
-Seguro que Diego ha vuelto a hacer de las suyas -sugirió Elena.
Bea estaba preocupada. Tenía una corazonada, pero esperaba equivocarse. Ojalá Elena tuviese razón y sólo se tratase de Diego.
Al cabo de unos minutos, Gonzalo salió del despacho.
- ¡Gonzalo! -gritaron a dúo Cayetana y Bea.
El mejor amigo de Al, o a estas alturas ex-mejor amigo, se sentó en la silla de Santi a tomar un poco de aliento.
-¿Qué le has hecho a Álvaro? -le riñó Cayetana.
-Nada.
-Gonzalo, nadie se pone así por nada. ¿Qué le dijiste?
-Cayetana, estuvo bien tenerte que rendir cuentas cuando eras la novia de Álvaro, pero ahora me vas a permitir que me reserve mis cosas. Son asuntos personales que sólo nos conciernen a Álvaro y a mí.
Cayetana se marchó furiosa.
Beatriz se acercó a Gonzalo y le susurró al oído.
-Tú y yo teníamos un acuerdo.
-Lo sé, pero....
-¿Es que nadie va a entrar a parar a ese hombre? -se quejó Richard.
Beatriz fue a entrar, pero Gonzalo la agarró del brazo.
-No creo que seas la más indicada para llevar a cabo ese cometido.
-¡Te equivocas, Gonzalo! Soy la única que puede hacerlo.
-¿Estás segura? -le preguntó Gonzalo.
-Necesito hacerlo, Gonza. De verdad lo necesito.
-De acuerdo.
Beatriz entró en el despacho. Estaba destrozado. Las estanterías estaban vacías, todo estaba esparcido por el suelo, la mesa tenía la superficie resquebrajada, el mueble bar brillaba por su ausencia y el whisky de reserva había sido absorbido por la moqueta convirtiendo el líquido elemento de 200 € la botella en una simple mancha color moho. Lo único que había sobrevivido a semejante estropicio había sido el sofá de piel de color rojo, que permanecía inalterable en el mismo sitio que lo recordaba.
-¡Álvaro! -llamó Bea.
Desde el despacho de Bea, Álvaro pudo oír su voz. Estaba peor de lo que creía. Ahora podía oír su voz. Estaba volviéndose loco.
-Álvaro, soy Beatriz -repitió.
El ex-director de Bulevar 21 salió a toda prisa del despacho. ¡No era un sueño! ¡No era una alucinación! Cuando llegó a la puerta del pequeño despacho, vio a Beatriz junto al sofá rojo. Creyó que el corazón se le pararía de la emoción.
-Bea... -dijo, casi como una plegaria.- ¿eres tú?
-Sí.
Se acercó a ella y le tomó la cara entre sus manos, mirándola sin cesar, rozando levemente el brazo de ella con sus manos, como si tuviera miedo de tocarla por miedo que se desvaneciese de nuevo.
-¡Mi preciosa Bea! ¡Mi niña Bea! -la abrazó tan fuerte que casi la deja sin respiración.
-¿Estás bien, Álvaro?
-Ahora que te tengo aquí, sí -dijo, al tiempo que se soltaba de su abrazo.- Dime que te quedarás, Bea.
-Álvaro, yo...
Él no le permitió decir más. La besó. Sin calma, sin control, casi rabioso, como si con semejante arrebato la hiciese recuperar la conciencia, hacerle recordar cómo era el sabor de sus labios, pero...
No funcionó.
-¡NO! -gritó Bea, mientras lo empujaba para retirarlo.- No vuelvas a hacerlo, Álvaro. Nunca más.
-Lo siento, lo siento... -dijo Álvaro, acercándose más a ella e intentando calmar su enfado.
-No puedes tomar las cosas por la fuerza. Sé que te duele todo esto y te aseguro que haría lo que estuviese en mi mano para aliviarte el dolor,...
Quiso seguir, pero la mirada de él le dijo que había sucedido algo. Entonces, le cambió la cara a Álvaro. Acababa de recordar por qué su despacho estaba así, porque casi se encontraba al borde de la locura. ¿Gonzalo y Bea? ¿Su hermano y la mujer de su vida?
-¡Dime que no es cierto, Bea! Dime que Gonzalo sólo bromeaba.
-Vamos a sentarnos, Álvaro, será mejor -dijo, forzándolo a tomar asiento en el sofá rojo.
-Sólo necesito saber una cosa.
-Por favor, Álvaro, sólo escúchame.
-Beatriz, tu no puedes, no... sencillamente es....-coge a Bea de las manos y al juguetear con ellas, nota el anillo. Un anillo que no estaba ahí, que no formaba parte de la Bea que él conocía.
Se quedó mirándolo durante un rato. Intentó aguantar las inmensas ganas de llorar.
-Bea, tu me querías... No, me amabas. Me amabas tanto que te dolía, me amabas tanto que me hubieses seguido al fin del mundo, me prometiste estar conmigo cada segundo, cada minuto, cada hora del resto de nuestras vidas, pasase lo que pasase....
-Álvaro, el amor no son sólo aquellas palabras bonitas del cobertizo, no es solo una caricia al despertar por la mañana,... El amor es luchar por el ser al que amas con todas tus fuerzas, a pesar de todo y contra todos. Yo creí que serías capaz de hacerlo por mí como yo lo hice por tí, pero me equivoqué.
-Sé que no te demostré lo mucho que te quería cuando pude hacerlo, pero... Tenía miedo, Bea. Miedo de ponerme en ridículo por sentir lo que siento, miedo por lo que todos pudieran decir. Miedo porque, por primera vez en mucho tiempo, no controlaba la situación... Pero ahora ya no, Bea. Te amo con todo lo que soy capaz de amar. No me digas que tus ojos ya no me miraran así nunca más.
-Es demasiado tarde, Álvaro.
-Pero, Gonzalo....
-Sé que duele Álvaro, pero es Gonzalo.
-¿Puedes perdonarlo a él y a mí no?
-La diferencia entre él y tú en todo lo que pasó es que él no era el hombre al que yo amaba y en el que había puesto todas mis esperanzas e ilusiones. Él sólo era Gonzalo, el hombre que disfrutaba haciéndome chinchar, el que me llamaba mosquita muerta, el que me creía culpable de una conspiración para dominar el mundo... -dijo, viendo cómo a pesar de todo, Álvaro sonreía al recordar las hazañas de su amigo.-Sólo te pido que, en nombre de ese amor que sientes por mí, no odies a Gonzalo. Él ya se odia a si mismo lo suficiente por ello.
-No sé si podré volver a hablar con él alguna vez, pero jamás podría odiarlo. ¡Es mi hermano!
Álvaro sabía perfectamente que había perdido la partida esta vez. Y que el ganador tampoco era merecedor del premio, pero nadie manda en cuestiones de amor y... Si Bea es feliz, se dijo.
-Supongo que esto es el final -dijo Álvaro apesadumbrado.
-Supongo.
-Bea, pase lo que pase, necesito que sepas -dijo tomando su mano y observando el anillo cuya imagen representaba su infelicidad- que te amo, te amo con letras grandes y en mayúsculas, te amo como nadie puede amar a otro ser humano... Por favor, dime que me crees.
- Te creo.
Beatriz salió del despacho corriendo. Cerró la puerta tras de sí y... De la pequeña manifestación al frente del despacho de Álvaro sólo quedan Sonsoles, Richard, las del 112 y el propio Gonzalo.
-Triz, ¿estás bien? -le preguntó Gonzalo.
La cara de todos cambió al oír a Gonzalo llamar Triz a Bea. No sólo por el apelativo en sí, sino por la forma en que lo dijo, casi como una caricia....
Álvaro miró a su alrededor. Estaba más calmado, pero seguía dolido. Dolido por la traición de Gonzalo. Bea podía no creer en su amor después de todas las mentiras y engaños que le había soportado, pero Gonzalo... Gonzalo era su confidente, el único que supo en todo momento de sus sentimientos por Bea. ¿Cómo era posible que estuviese sucediendo algo así? Aún no podía creer que esto no fuese una pesadilla.
Contemplar su despacho destrozado por la furia, no lo ayudaría a mitigar el dolor. Decidió salir de allí unos segundos. Abrió la puerta de comunicación con el baño y...
sábado, 16 de junio de 2007
Capitulo 5: ¿Cómo pudiste hacerme esto?
Gonzalo acompañó a Bea hasta su hotel, ya que al final ésta había ganado la partida en cuanto al alojamiento. Soltaron las maletas y bajaron a cenar al restaurante del hotel.
La cita ineludible de Gonzalo, la que no podía aplazar para escuchar los lamentos de su amigo, era justamente con Bea. Tenían que encontrar un modo fácil de contarle aquello, porque...
Ambos estaban de acuerdo que todo había sucedido muy rápido, demasiado rápido teniendo en cuenta todo lo vivido en el pasado, pero qué puedes hacer cuando se te presenta una oportunidad como esa en la vida. Tienes que aprovecharla.
No todos los días te piden que demuestres lo mucho que le importas a alguien haciendo algo que de alguna manera no sólo causara daño a otra persona, sino que te hace sentir incómodo contigo mismo.
Bea y Álvaro se habían querido mucho, eso era indudable. Y él siempre dudo que un amor así existiera, le parecía una ñoñería... Bea le había demostrado que estaba equivocado.
-¿Cómo vamos a hacerlo? -preguntó Bea.
-No "vamos a hacerlo". Yo lo haré. Yo comencé esto y seré yo quién afronte las consecuencias.
-¡¡¡Estás loco!!! ¿Quieres que Álvaro te mate?
-Tal vez esa fuese la mejor solución. Sólo he causado problemas.
-Gonzalo, no hables así, por favor.
-Es la verdad, Triz. Si yo no me hubiese metido en todo todo el tiempo, Álvaro y tú ahora estaríais juntos y yo no me encontraría...
-¡¡¡¡Ssssh!! -le silenció Bea. Puso su mano sobre la de Gonzalo, que reposaba sobre la mesa, acariciando el pie de una copa y con la vista perdida en un punto inconexo del mantel beige.
-Pero Bea...
-Gonzalo, tú y yo sabemos que si no le llegas a meter a Álvaro esa loca idea de la seducción en la cabeza, él jamás hubiese pasado más de cinco minutos a mi lado.
-Él siempre te defendió.
-Era lástima, Gonzalo, y lo sabes. ¡Mírame! -dijo, haciéndolo fijar su vista en ella.- No hay madera de top model precisamente aquí.
Soy con toda seguridad la mujer más invisible de todo este restaurante... No, corrijo, la persona más invisible.
-Sólo para los ojos que no saben verte.
-Agradezco tus palabras, pero también recuerdo otras muchas y no eran lindezas de tus conversaciones con Álvaro... Y volviendo al presente, creo que deberíamos ir juntos.
-De acuerdo. Lo haremos juntos, pero mejor no llegar juntos a Bulevar para no despertar sospechas.
-¿Y se lo contamos solo a Álvaro o lo hacemos vox populi?
-Creo que primero deberíamos arreglar todo con Álvaro. Y tener mucho cuidado con el trío La la la.
-¿Cayetana, Richard y Bárbara?
-Son peligrosos con información privilegiada.
-De acuerdo. ¿Has pensado que le vas a decir?
-Voy a tratar de poner mis ideas en claro esta misma noche... -de repente, se fija en el plato de Bea. Está intacto.- No has comido nada.
-Estoy nerviosa. Y cuando estoy nerviosa, se me cierra el estómago.
-Cómete al menos la ensalada. Tu padre me mataría si pensara que estoy descuidándote.
-Mi padre está con Carol en Valencia, visitando a mis primos Ángel y Alejandro.
-¿Tienes primos en Valencia?
-Por supuesto. Los famosos García Tous, de los García Tous de toda la vida...
-Y si sois primos, no deberías compartir al menos un apellido...
-Es una larga historia. ¿Por qué estamos hablando de esto?
-Porque necesito olvidar por un momento que mañana a estas horas Álvaro va a odiarme y con razón.
Como Bea decidió subir temprano a la habitación, Gonzalo se fue a casa. Tenía mucho que pensar.
Al llegar a casa, se sirvió una copa, se sentó en el sofá y cogió papel y lápiz. Miró el folio en blanco durante unos minutos y su mente seguía igual. En blanco.
Finalmente escribió:
Cosas que nunca te dije
Hermano, te quiero.
Eres parte de mi vida.
No hubiera podido soñar con una amistad tan perfecta como la tuya...
No, no... Eso no iba a funcionar parecía una declaración de amor sacada de las tarjetas de felicitación. Con Álvaro debía ser honesto. Sólo esperaba que pudiese perdonarlo por lo que estaba a punto de hacer. Se pasó la noche escribiendo ideas, posibles razones que hicieran que Álvaro se calmase.
Bea, por su parte, dudaba mucho de que ambos pudiesen encontrar la manera de calmar a Álvaro.
Si hace unos meses le hubieran contado lo que estaba a punto de hacer, probablemente se hubiese reído a carcajadas. Pero no era así ahora.
Santi seguía estando del lado de Álvaro, no podía entender cómo era capaz de perdonar a Gonzalo. Él la había tratado mil veces peor que Álvaro, era el artífice de todo ese endiablado plan de la empresa fantasma, el autor de la carta que estaba llamada a ser su pasaporte a prisión, el que había desconfiado de ella día sí, día también, el que la había ridiculizado y había permitido que otros la ridiculizasen sabiendo que ella tenía razón... Y en cierta forma, tenía razón. Gonzalo y ella habían sido espirítus encontrados desde el principio, dos partículas destinadas a chocar entre sí, pero... Todo eso cambió una noche. La noche en que por primera vez vio sinceridad en los ojos del publicista, la noche en que le abrió su corazón y le permitió ver más allá...
A la mañana siguiente, Gonzalo entró en Bulevar 21 con la sensación de que se encontraba en un universo paralelo. Sentada en recepción no estaba Chusa, la mujer a quien Diego de la Vega había osado insertar un bolígrafo en el canalillo, sino Bárbara Ortiz, la matahari a sueldo del mismo fúnebre personaje.
La oía protestar acompañada por la alegre musiquilla de sus pulseras y la melodiosa y acompasada voz que decía: "Bulevar 21, dígame.... Le paso."
Lo que Gonza no sabía pero si llegaba a imaginar era que el 90% de esas llamadas se perdían en mitad de ninguna parte.
-¡Gon! -exclamó.
-Ahora no, Bárbara, necesito ver a Álvaro.
-Pues ándate con ojo, porque Al acaba de discutir con Di y Caye está de los nervios porque la guarrichacha le ha rechazado un reportaje...
-Ya veo que las cosas no cambian mucho por aquí. Por cierto, Bárbara, no deberías llamar Guarrichacha a la directora de Bulevar 21. Podría escucharte y ponerte de patitas en la calle. Y ten en cuenta que cada vez estás más cerca de la puerta -dijo, señalando hacia la entrada de Bulevar.
Gonzalo se había metido en el ascensor antes de que la nueva recepcionista pudiese decir algo. Había prometido a Bea que irían juntos a hablar con Álvaro, pero aunque este nuevo Gonzalo reformado cumpliría todas y cada una de las promesas que le había hecho a Beatriz, ésta era una que debía romper.
Cuando el ascensor paró, supo que no había vuelta de hoja. Había llegado su momento.
Abrió la puerta del despacho de Álvaro y...
-¡¡¡Gonzalooooooo!!! -gritó con alegría éste. Corrió a darle un abrazo. Tal vez el último después de más de veinte años, pensó Gonzalo.
-¡Hola, Álvaro! -saludó apretando con fuerza a su hermano de sangre.
-Me vienes como caído del cielo, Gonza. Llevo un día horrible y necesito...
-Álvaro, antes de que sigas, necesito hablar contigo.
-Si son malas noticias, no me las digas. No es mi mejor día.
-Puede que lo que yo tengo que decirte lo convierta definitivamente en el peor.
-¿Tengo que sentarme o crees que resistiré de pie? -bromeó Al.
-Siéntate, mejor siéntate.
-¡¡Vaya!!! Así que, de verdad, es serio.
-Sí.
-¿Qué ha sido? ¿Has tenido un gatillazo? ¿No se te levanta el soldadito? -siguió bromeando.
-Álvaro, intento hacer esto lo menos doloroso y menos largo posible, pero no me lo pones nada fácil.
-De acuerdo. No bromeas.
Se sentó en el sofá. El mismo sofá rojo donde nacieron todas aquellas absurdas ideas de la empresa fantasma, la seducción de la secretaria,... Era irónico, o al menos a él se lo parecía, que Álvaro hubiese escogido ese sitio justo para sentarse.
-Verás, ya sabrás que he estado desaparecido unos meses.
-¡Al grano, Gonza!
-He conocido a una mujer, estoy enamorado y voy a casarme con ella -soltó de corrido y casi sin respirar.
Álvaro guardó silencio durante unos segundos y después se rió a carcajadas....
-Sabría que vendrías con una de esas salidas tuyas.
-No es una salida, Álvaro, es la realidad.
-¿Tu casado?
-Sí.
-De acuerdo. Pongamos que te sigo el juego durante un momento y te creo... ¿Quién ha sido la valiente que ha aceptado tomarte como esposo?
-Beatriz.
-¿Que Beatriz?
-Beatriz Pérez Pinzón.
-¿Mi Beatriz? ¿Mi niña Bea?
-Sí.
-Ahora sé que no es cierto. No puede ser.
-Álvaro, fui a buscarla con la intención de convencerla para que volviera contigo y...
-¡Hablas en serio!
-Sí. Te juro que mis propósitos eran otros pero...
-¡No sigas! -gritó, notando como la ira le hacía hervir la sangre.
-Algo pasó. Ella y yo...
-¡Te he dicho que no sigas!! -gritó aún más fuerte, mientras de la furia derribaba todo lo que estaba sobre la mesita.
-Álvaro, Bea y yo...
-¡No pronuncies su nombre, ¿me oyes?! -gritó empujándolo hasta que lo arrinconó contra el mueble bar. Gonzalo podía sentir como la ira se apoderaba de Álvaro. De pronto, suavizó la voz.- ¡Ni te atrevas a pronunciarlo en mi presencia!
Dejó a Gonzalo. Retrocedió unos pasos.
-Gonzalo -dijo, en un hilo de voz.- ¿Cómo has podido hacerme algo así?
-No fue a propósito.
-¡Vete de aquí! -le ordenó más que gritó.
-Álvaro, sé que en estos momentos te sientes...
-¡No tienes ni puta idea de cómo me siento! ¡Que te largues, ¿no me oyes?! -le gritó. Cogió la taza negra que aún reposaba en su escritorio y se la lanzó.
Afortunadamente, Álvaro no era precisamente famoso por su puntería, así que Gonzalo esquivó el proyectil, que fue a impactar contra la cristalera de recepción y llegó más allá de la mesa de Jimena, sobrevolando milagrosamente la cabeza de Santi.
Gonzalo decidió que había llegado el momento de retirarse. Intentaría hablar con Álvaro más adelante, cuando estuviese un poco más calmado.
Cuando Gonzalo salió del despacho, Álvaro se derrumbó en el sofá. Ocultó la cara entre sus manos y lloró desconsoladamente, como sólo lo hacen los niños, lloró sin medida ni control, lloró como jamás había llorado antes mientras repetía incansable: ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo pudiste hacerme esto?
La cita ineludible de Gonzalo, la que no podía aplazar para escuchar los lamentos de su amigo, era justamente con Bea. Tenían que encontrar un modo fácil de contarle aquello, porque...
Ambos estaban de acuerdo que todo había sucedido muy rápido, demasiado rápido teniendo en cuenta todo lo vivido en el pasado, pero qué puedes hacer cuando se te presenta una oportunidad como esa en la vida. Tienes que aprovecharla.
No todos los días te piden que demuestres lo mucho que le importas a alguien haciendo algo que de alguna manera no sólo causara daño a otra persona, sino que te hace sentir incómodo contigo mismo.
Bea y Álvaro se habían querido mucho, eso era indudable. Y él siempre dudo que un amor así existiera, le parecía una ñoñería... Bea le había demostrado que estaba equivocado.
-¿Cómo vamos a hacerlo? -preguntó Bea.
-No "vamos a hacerlo". Yo lo haré. Yo comencé esto y seré yo quién afronte las consecuencias.
-¡¡¡Estás loco!!! ¿Quieres que Álvaro te mate?
-Tal vez esa fuese la mejor solución. Sólo he causado problemas.
-Gonzalo, no hables así, por favor.
-Es la verdad, Triz. Si yo no me hubiese metido en todo todo el tiempo, Álvaro y tú ahora estaríais juntos y yo no me encontraría...
-¡¡¡¡Ssssh!! -le silenció Bea. Puso su mano sobre la de Gonzalo, que reposaba sobre la mesa, acariciando el pie de una copa y con la vista perdida en un punto inconexo del mantel beige.
-Pero Bea...
-Gonzalo, tú y yo sabemos que si no le llegas a meter a Álvaro esa loca idea de la seducción en la cabeza, él jamás hubiese pasado más de cinco minutos a mi lado.
-Él siempre te defendió.
-Era lástima, Gonzalo, y lo sabes. ¡Mírame! -dijo, haciéndolo fijar su vista en ella.- No hay madera de top model precisamente aquí.
Soy con toda seguridad la mujer más invisible de todo este restaurante... No, corrijo, la persona más invisible.
-Sólo para los ojos que no saben verte.
-Agradezco tus palabras, pero también recuerdo otras muchas y no eran lindezas de tus conversaciones con Álvaro... Y volviendo al presente, creo que deberíamos ir juntos.
-De acuerdo. Lo haremos juntos, pero mejor no llegar juntos a Bulevar para no despertar sospechas.
-¿Y se lo contamos solo a Álvaro o lo hacemos vox populi?
-Creo que primero deberíamos arreglar todo con Álvaro. Y tener mucho cuidado con el trío La la la.
-¿Cayetana, Richard y Bárbara?
-Son peligrosos con información privilegiada.
-De acuerdo. ¿Has pensado que le vas a decir?
-Voy a tratar de poner mis ideas en claro esta misma noche... -de repente, se fija en el plato de Bea. Está intacto.- No has comido nada.
-Estoy nerviosa. Y cuando estoy nerviosa, se me cierra el estómago.
-Cómete al menos la ensalada. Tu padre me mataría si pensara que estoy descuidándote.
-Mi padre está con Carol en Valencia, visitando a mis primos Ángel y Alejandro.
-¿Tienes primos en Valencia?
-Por supuesto. Los famosos García Tous, de los García Tous de toda la vida...
-Y si sois primos, no deberías compartir al menos un apellido...
-Es una larga historia. ¿Por qué estamos hablando de esto?
-Porque necesito olvidar por un momento que mañana a estas horas Álvaro va a odiarme y con razón.
Como Bea decidió subir temprano a la habitación, Gonzalo se fue a casa. Tenía mucho que pensar.
Al llegar a casa, se sirvió una copa, se sentó en el sofá y cogió papel y lápiz. Miró el folio en blanco durante unos minutos y su mente seguía igual. En blanco.
Finalmente escribió:
Cosas que nunca te dije
Hermano, te quiero.
Eres parte de mi vida.
No hubiera podido soñar con una amistad tan perfecta como la tuya...
No, no... Eso no iba a funcionar parecía una declaración de amor sacada de las tarjetas de felicitación. Con Álvaro debía ser honesto. Sólo esperaba que pudiese perdonarlo por lo que estaba a punto de hacer. Se pasó la noche escribiendo ideas, posibles razones que hicieran que Álvaro se calmase.
Bea, por su parte, dudaba mucho de que ambos pudiesen encontrar la manera de calmar a Álvaro.
Si hace unos meses le hubieran contado lo que estaba a punto de hacer, probablemente se hubiese reído a carcajadas. Pero no era así ahora.
Santi seguía estando del lado de Álvaro, no podía entender cómo era capaz de perdonar a Gonzalo. Él la había tratado mil veces peor que Álvaro, era el artífice de todo ese endiablado plan de la empresa fantasma, el autor de la carta que estaba llamada a ser su pasaporte a prisión, el que había desconfiado de ella día sí, día también, el que la había ridiculizado y había permitido que otros la ridiculizasen sabiendo que ella tenía razón... Y en cierta forma, tenía razón. Gonzalo y ella habían sido espirítus encontrados desde el principio, dos partículas destinadas a chocar entre sí, pero... Todo eso cambió una noche. La noche en que por primera vez vio sinceridad en los ojos del publicista, la noche en que le abrió su corazón y le permitió ver más allá...
A la mañana siguiente, Gonzalo entró en Bulevar 21 con la sensación de que se encontraba en un universo paralelo. Sentada en recepción no estaba Chusa, la mujer a quien Diego de la Vega había osado insertar un bolígrafo en el canalillo, sino Bárbara Ortiz, la matahari a sueldo del mismo fúnebre personaje.
La oía protestar acompañada por la alegre musiquilla de sus pulseras y la melodiosa y acompasada voz que decía: "Bulevar 21, dígame.... Le paso."
Lo que Gonza no sabía pero si llegaba a imaginar era que el 90% de esas llamadas se perdían en mitad de ninguna parte.
-¡Gon! -exclamó.
-Ahora no, Bárbara, necesito ver a Álvaro.
-Pues ándate con ojo, porque Al acaba de discutir con Di y Caye está de los nervios porque la guarrichacha le ha rechazado un reportaje...
-Ya veo que las cosas no cambian mucho por aquí. Por cierto, Bárbara, no deberías llamar Guarrichacha a la directora de Bulevar 21. Podría escucharte y ponerte de patitas en la calle. Y ten en cuenta que cada vez estás más cerca de la puerta -dijo, señalando hacia la entrada de Bulevar.
Gonzalo se había metido en el ascensor antes de que la nueva recepcionista pudiese decir algo. Había prometido a Bea que irían juntos a hablar con Álvaro, pero aunque este nuevo Gonzalo reformado cumpliría todas y cada una de las promesas que le había hecho a Beatriz, ésta era una que debía romper.
Cuando el ascensor paró, supo que no había vuelta de hoja. Había llegado su momento.
Abrió la puerta del despacho de Álvaro y...
-¡¡¡Gonzalooooooo!!! -gritó con alegría éste. Corrió a darle un abrazo. Tal vez el último después de más de veinte años, pensó Gonzalo.
-¡Hola, Álvaro! -saludó apretando con fuerza a su hermano de sangre.
-Me vienes como caído del cielo, Gonza. Llevo un día horrible y necesito...
-Álvaro, antes de que sigas, necesito hablar contigo.
-Si son malas noticias, no me las digas. No es mi mejor día.
-Puede que lo que yo tengo que decirte lo convierta definitivamente en el peor.
-¿Tengo que sentarme o crees que resistiré de pie? -bromeó Al.
-Siéntate, mejor siéntate.
-¡¡Vaya!!! Así que, de verdad, es serio.
-Sí.
-¿Qué ha sido? ¿Has tenido un gatillazo? ¿No se te levanta el soldadito? -siguió bromeando.
-Álvaro, intento hacer esto lo menos doloroso y menos largo posible, pero no me lo pones nada fácil.
-De acuerdo. No bromeas.
Se sentó en el sofá. El mismo sofá rojo donde nacieron todas aquellas absurdas ideas de la empresa fantasma, la seducción de la secretaria,... Era irónico, o al menos a él se lo parecía, que Álvaro hubiese escogido ese sitio justo para sentarse.
-Verás, ya sabrás que he estado desaparecido unos meses.
-¡Al grano, Gonza!
-He conocido a una mujer, estoy enamorado y voy a casarme con ella -soltó de corrido y casi sin respirar.
Álvaro guardó silencio durante unos segundos y después se rió a carcajadas....
-Sabría que vendrías con una de esas salidas tuyas.
-No es una salida, Álvaro, es la realidad.
-¿Tu casado?
-Sí.
-De acuerdo. Pongamos que te sigo el juego durante un momento y te creo... ¿Quién ha sido la valiente que ha aceptado tomarte como esposo?
-Beatriz.
-¿Que Beatriz?
-Beatriz Pérez Pinzón.
-¿Mi Beatriz? ¿Mi niña Bea?
-Sí.
-Ahora sé que no es cierto. No puede ser.
-Álvaro, fui a buscarla con la intención de convencerla para que volviera contigo y...
-¡Hablas en serio!
-Sí. Te juro que mis propósitos eran otros pero...
-¡No sigas! -gritó, notando como la ira le hacía hervir la sangre.
-Algo pasó. Ella y yo...
-¡Te he dicho que no sigas!! -gritó aún más fuerte, mientras de la furia derribaba todo lo que estaba sobre la mesita.
-Álvaro, Bea y yo...
-¡No pronuncies su nombre, ¿me oyes?! -gritó empujándolo hasta que lo arrinconó contra el mueble bar. Gonzalo podía sentir como la ira se apoderaba de Álvaro. De pronto, suavizó la voz.- ¡Ni te atrevas a pronunciarlo en mi presencia!
Dejó a Gonzalo. Retrocedió unos pasos.
-Gonzalo -dijo, en un hilo de voz.- ¿Cómo has podido hacerme algo así?
-No fue a propósito.
-¡Vete de aquí! -le ordenó más que gritó.
-Álvaro, sé que en estos momentos te sientes...
-¡No tienes ni puta idea de cómo me siento! ¡Que te largues, ¿no me oyes?! -le gritó. Cogió la taza negra que aún reposaba en su escritorio y se la lanzó.
Afortunadamente, Álvaro no era precisamente famoso por su puntería, así que Gonzalo esquivó el proyectil, que fue a impactar contra la cristalera de recepción y llegó más allá de la mesa de Jimena, sobrevolando milagrosamente la cabeza de Santi.
Gonzalo decidió que había llegado el momento de retirarse. Intentaría hablar con Álvaro más adelante, cuando estuviese un poco más calmado.
Cuando Gonzalo salió del despacho, Álvaro se derrumbó en el sofá. Ocultó la cara entre sus manos y lloró desconsoladamente, como sólo lo hacen los niños, lloró sin medida ni control, lloró como jamás había llorado antes mientras repetía incansable: ¿Cómo pudiste hacerme esto? ¿Cómo pudiste hacerme esto?
viernes, 15 de junio de 2007
Capitulo 4: El dolor de un amigo
Álvaro había recuperado algo de fuelle estos últimos días. Le pidió a Sonsoles que lo cargará de trabajo para no pensar en Bea y no seguir preocupándose por Gonzalo. Sólo tendría que esperar el momento adecuado, el momento en que Bea decidiese aparecer para contarle la verdad, una verdad que sería dolorosa, que lo partiría por dentro, que le dejaría sin respiración... Pero la felicidad de Bea era su prioridad, sin importar que lo alejase de él para siempre. Había hecho daño a la mujer que amaba y que representaba la otra mitad de su corazón. Por eso debía de dejar el egoísmo a un lado y ser lo suficiente hombre como para aceptar que tal vez había perdido toda esperanza.
Cada mañana, cuando se levantaba y se miraba al espejo, cuando se obligaba a vestirse, desayunar y respirar, se repetía esas mismas palabras. O como había leído en alguna parte, Si quieres a alguien debes dejarlo en libertad, si regresa a ti será tuyo para siempre; si no, es que nunca te perteneció.
Pero lo malo de estas expresiones es que suenan bien, pero son difíciles de llevar a cabo, como la fábula de Quien le pone el cascabel al gato... Del dicho al hecho, hay un gran trecho.
Estaba perdido en estos pensamientos, preparando la siguiente cita con una marca de ropa deportiva cuando apareció Titina por la puerta:
-Álvaro, mi vida, ¿no bajas a comer?
-No tengo hambre, mamá.
-Cayetana me ha dicho que esa mujer, la chacha, te ha cargado de trabajo y que apenas duermes ni comes.
-Mamá, te guste o no, esa mujer... Esa chacha, como tu la llamas, es la nueva jefa de Bulevar. Y está haciendo un muy buen trabajo.
-Y, entonces, ¿por qué sigues en tu despacho?
-Ha sido una deferencia hacia mí. Este lugar tiene momentos que no quiero ni puedo olvidar...
En ese momento, Cayetana irrumpe en el despacho, sin llamar.
-Álvaro, te vienes a... -se sorprende de encontrar a Titina allí.- ¡Titina!!
-¡Qué bien que hayas venido, hija! A ver si me ayudas a convencer a este cabezota que tengo por hijo que salga a comer, a tomar un poco de aire.
-Sí, podemos ir al Luxury.
-¿Por qué no al Burguer Queen? -bromea Álvaro, de mala gana.
-Hijo, acompáñanos, anda.
-No me apetece, mamá. Ya te lo he dicho. Dejadme solo.
-Pero Álvaro necesitas....
-¡Y vuelta la mula al trigo! ¿Cómo tengo que decirlo? Quie-ro-es-tar-so-lo!
-Cariño, no seas grosero, sólo....-Titina no pudo terminar.
Álvaro se levantó como una exhalación, abrió la puerta y les dedicó una larga y profunda mirada a las dos.
-Fuera de aquí. Las dos. Ahora.
-¡Álvaro! -exclamó Titina.
-¡Que os larguéis! ¡Ya!
-Venga, Titina, vamos. Te invito a comer. Está claro que hoy no tiene el día.
Álvaro pegó un portazo cuando las dos salieron y gritó:
-¡Dios!
La redacción al completo se quedó en silencio, como en guardia.
Chusa acudió al despacho de Álvaro para comprobar que estaba bien.
-Álvaro, ¿estás bien?
-No, Chusa, no estoy bien y no voy a estarlo sin Bea a mi lado.
Iba a pedirle a Chusa que se marchase cuando sonó el teléfono.
-¡Al! -sonó la Barbiloca al otro lado.
-Bárbara....
-Tengo a Gon por la línea two, es decir, por la línea dos.
-Pásamelo.
-Enseguida, espera que busco el botoncito que.... -decía la Barbiloca mientras miraba el teclado- Al, tu te acuerdas de qué color era el botoncito para pasar las llamadas?
-Pues, no, Bárbara, no...Ese es tu trabajo.
-Ya. A ver pruebo con.... este -dijo, pulsando uno color rojo.
Una voz metálica dijo: La llamada ha sido rechazada.
-¡¡¡Ooooops!!! Creo que no era ese, ¿verdad, Al?
-Bárbara, recupera esa llamada. ¡Ahora! O bajaré ahí y haré tal destrozo a tus uñas que no habrá manicura que la salve.
-Pero es que... No sé cómo se hace, Al
-Pues, consulta una de tus estupendas enciclopedias, haz señales de humo, envía un telegrama o utiliza el código morse... Pero recupera esa llamada.
-¿Bosé? ¿Qué tiene que ver Miguel Bosé con todo esto? Yo creía que el codigo ese era de Givenchy, no el Código Givenchy...
-Bárbara....
-Al, estas cosas no te pasarían si tuvieras una de mis enciclopedias ilustradas de artríticos y artropodios... Tienes que culturalizarte como yo.
-¡¡¡Bárbara!!! -gritó.
-Ya, ya... La llamada.
Chusa aguantó la risa como pudo. Álvaro colgó el teléfono y suspiró profundamente.
-¿Cómo sigue trabajando aquí?
-Es la íntima amiga de Cayetana de la Vega, jefa de Contenidos de Bulevar 21 -contestó Chusa, imitando en voz y gestos a la pequeña yegua loca.
Álvaro respondió con una mueca que tenía un lejano parecido con lo que anteriormente fue su preciosa sonrisa.
- Si quieres, puedo bajar y recuperar yo misma esa llamada.
-No te molestes, Chusa.
-No es molestia, Álvaro. Parece importante.
-Lo es.
-Pues, hecho. En unos minutos tendrás a Gonzalo en tu línea.
-Gracias, Chusa.
-No hay de qué. Echo de menos a ese viejo trasto.
Y tan pronto como pudo, después de toda una guerra campal con Bárbara por recuperar el auricular, Chusa recuperó la llamada de Gonzalo.
-¡¡¡Hermano!!! -gritó Álvaro.
-¡Hola, Álvaro! ¿Cómo estás?
-Mal, tío. No sabes cómo necesito hablar contigo. Tengo noticias de Bea y... ¿Dónde estás?
-A punto de coger el vuelo a Madrid. Llegaré esta noche.
-Estupendo. Quedamos en mi casa para cenar. Tengo mucho que contarte y mucho que preguntar.
-Esta noche no puedo, Al. Tengo un compromiso ineludible.
-¡¡No me hagas esto, tío!!! Desapareces durante meses en la que estoy seguro será la peor época de mi vida y no puedes dedicarme unas horas.......
-Lo siento, pero me es imposible.
-Me pasaré mañana por allí y ya hablamos.
-¿Qué te pasa, tío? ¡Estás raro!
-Mañana, Álvaro, por favor. Tengo que colgar. Estoy embarcando.
-De acuerdo, Gonzalo.
-¡Cuídate!
No iba poder hacerlo. Lo había ensayado mil veces, con mil discursos diferentes, pero sabía que finalmente se echaría atrás.
A su lado, Beatriz le tocó el brazo suavemente como gesto de apoyo.
-¿Estás bien, Gonzalo?
-Voy a partirle el corazón a mi hermano. No puedo estar bien, Bea.
-Podríamos dejarlo estar, Gonza. Lo entendería.
-No. Necesito hacer esto, es sólo que no pensé que me dolería tanto.
-Gonzalo...
-Vamos a embarcar, Bea. Mañana será otro día.
El día en que vería cómo era el causante del mayor dolor a su mejor amigo.
Cada mañana, cuando se levantaba y se miraba al espejo, cuando se obligaba a vestirse, desayunar y respirar, se repetía esas mismas palabras. O como había leído en alguna parte, Si quieres a alguien debes dejarlo en libertad, si regresa a ti será tuyo para siempre; si no, es que nunca te perteneció.
Pero lo malo de estas expresiones es que suenan bien, pero son difíciles de llevar a cabo, como la fábula de Quien le pone el cascabel al gato... Del dicho al hecho, hay un gran trecho.
Estaba perdido en estos pensamientos, preparando la siguiente cita con una marca de ropa deportiva cuando apareció Titina por la puerta:
-Álvaro, mi vida, ¿no bajas a comer?
-No tengo hambre, mamá.
-Cayetana me ha dicho que esa mujer, la chacha, te ha cargado de trabajo y que apenas duermes ni comes.
-Mamá, te guste o no, esa mujer... Esa chacha, como tu la llamas, es la nueva jefa de Bulevar. Y está haciendo un muy buen trabajo.
-Y, entonces, ¿por qué sigues en tu despacho?
-Ha sido una deferencia hacia mí. Este lugar tiene momentos que no quiero ni puedo olvidar...
En ese momento, Cayetana irrumpe en el despacho, sin llamar.
-Álvaro, te vienes a... -se sorprende de encontrar a Titina allí.- ¡Titina!!
-¡Qué bien que hayas venido, hija! A ver si me ayudas a convencer a este cabezota que tengo por hijo que salga a comer, a tomar un poco de aire.
-Sí, podemos ir al Luxury.
-¿Por qué no al Burguer Queen? -bromea Álvaro, de mala gana.
-Hijo, acompáñanos, anda.
-No me apetece, mamá. Ya te lo he dicho. Dejadme solo.
-Pero Álvaro necesitas....
-¡Y vuelta la mula al trigo! ¿Cómo tengo que decirlo? Quie-ro-es-tar-so-lo!
-Cariño, no seas grosero, sólo....-Titina no pudo terminar.
Álvaro se levantó como una exhalación, abrió la puerta y les dedicó una larga y profunda mirada a las dos.
-Fuera de aquí. Las dos. Ahora.
-¡Álvaro! -exclamó Titina.
-¡Que os larguéis! ¡Ya!
-Venga, Titina, vamos. Te invito a comer. Está claro que hoy no tiene el día.
Álvaro pegó un portazo cuando las dos salieron y gritó:
-¡Dios!
La redacción al completo se quedó en silencio, como en guardia.
Chusa acudió al despacho de Álvaro para comprobar que estaba bien.
-Álvaro, ¿estás bien?
-No, Chusa, no estoy bien y no voy a estarlo sin Bea a mi lado.
Iba a pedirle a Chusa que se marchase cuando sonó el teléfono.
-¡Al! -sonó la Barbiloca al otro lado.
-Bárbara....
-Tengo a Gon por la línea two, es decir, por la línea dos.
-Pásamelo.
-Enseguida, espera que busco el botoncito que.... -decía la Barbiloca mientras miraba el teclado- Al, tu te acuerdas de qué color era el botoncito para pasar las llamadas?
-Pues, no, Bárbara, no...Ese es tu trabajo.
-Ya. A ver pruebo con.... este -dijo, pulsando uno color rojo.
Una voz metálica dijo: La llamada ha sido rechazada.
-¡¡¡Ooooops!!! Creo que no era ese, ¿verdad, Al?
-Bárbara, recupera esa llamada. ¡Ahora! O bajaré ahí y haré tal destrozo a tus uñas que no habrá manicura que la salve.
-Pero es que... No sé cómo se hace, Al
-Pues, consulta una de tus estupendas enciclopedias, haz señales de humo, envía un telegrama o utiliza el código morse... Pero recupera esa llamada.
-¿Bosé? ¿Qué tiene que ver Miguel Bosé con todo esto? Yo creía que el codigo ese era de Givenchy, no el Código Givenchy...
-Bárbara....
-Al, estas cosas no te pasarían si tuvieras una de mis enciclopedias ilustradas de artríticos y artropodios... Tienes que culturalizarte como yo.
-¡¡¡Bárbara!!! -gritó.
-Ya, ya... La llamada.
Chusa aguantó la risa como pudo. Álvaro colgó el teléfono y suspiró profundamente.
-¿Cómo sigue trabajando aquí?
-Es la íntima amiga de Cayetana de la Vega, jefa de Contenidos de Bulevar 21 -contestó Chusa, imitando en voz y gestos a la pequeña yegua loca.
Álvaro respondió con una mueca que tenía un lejano parecido con lo que anteriormente fue su preciosa sonrisa.
- Si quieres, puedo bajar y recuperar yo misma esa llamada.
-No te molestes, Chusa.
-No es molestia, Álvaro. Parece importante.
-Lo es.
-Pues, hecho. En unos minutos tendrás a Gonzalo en tu línea.
-Gracias, Chusa.
-No hay de qué. Echo de menos a ese viejo trasto.
Y tan pronto como pudo, después de toda una guerra campal con Bárbara por recuperar el auricular, Chusa recuperó la llamada de Gonzalo.
-¡¡¡Hermano!!! -gritó Álvaro.
-¡Hola, Álvaro! ¿Cómo estás?
-Mal, tío. No sabes cómo necesito hablar contigo. Tengo noticias de Bea y... ¿Dónde estás?
-A punto de coger el vuelo a Madrid. Llegaré esta noche.
-Estupendo. Quedamos en mi casa para cenar. Tengo mucho que contarte y mucho que preguntar.
-Esta noche no puedo, Al. Tengo un compromiso ineludible.
-¡¡No me hagas esto, tío!!! Desapareces durante meses en la que estoy seguro será la peor época de mi vida y no puedes dedicarme unas horas.......
-Lo siento, pero me es imposible.
-Me pasaré mañana por allí y ya hablamos.
-¿Qué te pasa, tío? ¡Estás raro!
-Mañana, Álvaro, por favor. Tengo que colgar. Estoy embarcando.
-De acuerdo, Gonzalo.
-¡Cuídate!
No iba poder hacerlo. Lo había ensayado mil veces, con mil discursos diferentes, pero sabía que finalmente se echaría atrás.
A su lado, Beatriz le tocó el brazo suavemente como gesto de apoyo.
-¿Estás bien, Gonzalo?
-Voy a partirle el corazón a mi hermano. No puedo estar bien, Bea.
-Podríamos dejarlo estar, Gonza. Lo entendería.
-No. Necesito hacer esto, es sólo que no pensé que me dolería tanto.
-Gonzalo...
-Vamos a embarcar, Bea. Mañana será otro día.
El día en que vería cómo era el causante del mayor dolor a su mejor amigo.
Capitulo 3: Gonzalo, Gonzalo
Mientras que esperaba a que Bea saliese de su trabajo, Gonzalo pensaba en lo afortunado que es el hombre que encuentre a alguien como Bea. Jamás había conocido a nadie como ella, mejor dicho, jamás se tomó la molestia de hacerlo. Ahora, casi por accidente, se había reencontrado con ella y, por una peripecia del destino, ahí estaban los dos. Recordó las largas tardes de persecución, acoso y derribo a las que había sometido a la pobre ex-secretaria, lo que a veces le provocaba una de esas sonrisas de golfo encantador, a la que ninguna mujer a excepción de Bea había logrado resistirse.
>>Gonzalo De Soto tenía experiencia con las mujeres, eso era un hecho más que comprobado y su largo currículum sentimental estaba lleno de errores cometidos uno tras otro. Era uno de esos hombres que sabía cómo hacerle el amor a una mujer, pero no hacerle sentir amor. Él nunca lo había sentido, por tanto, estaba un poco pez en esa cuestión.
Sin embargo, en los últimos tiempos, había oído hablar a Álvaro de amor, de su amor por Bea... Y empezó a preguntarse cómo sería sentir algo así.
No le quedaba la menor duda de que su amigo sentía por Bea algo muy distinto de lo que hubiera podido sentir por cualquier otra mujer, incluida Cayetana. Y, desde luego, era sincero porque Bea no era una de esas mujeres que hacen volver la vista a los hombres. Con Bea había sido el día a día, la sonrisa en el momento adecuado, las palabras de aliento necesarias para las circunstancias, los pequeños detalles y gestos de la vida diaria, las confidencias y la confianza, la cercanía... Todo un cúmulo de cosas que había hecho de ella la Perfecta Imperfecta, como le dijo aquella escritora.
Burlarse de Álvaro fue fácil y divertido, picarlo aún más. Álvaro tenía el aspecto de un líder: guapo, alto, agradable al trato, de sonrisa matadora... pero tenía tendencia a dejarse llevar. Sobre todo por él. Y como en Don Quijote, el escudero era el sentido común, el que llevaba en cierta forma a su señor por el camino más insospechado, haciéndolo creer que tan brillante idea era de producción propia.
Recuperar la confianza de Bea no fue fácil. El primer objetivo a derribar fue Carmelo, la honestidad hecha persona. ¿Cuáles fueron sus palabras exactas? No sabría decirlo. Porque soltó todos y cada uno de los discursos de disculpa que conocía, la cuestión es que alguno de ellos funcionó.
-Beatriz -insistió Gonzalo una vez más.- Tenemos que hablar, por favor.
-Ya le he repetido con toda la educación de la que soy capaz tratándose de usted que no quiero escuchar ni una sola palabra. Si no deja de molestarme, tomaré medidas drásticas.
-Álvaro está mal -dijo, esperando moverle el corazón.
-Me alegro. Así al menos uno de los dos probará algo de su propia medicina.
-No te creo, Beatriz. Amas a Álvaro por encima de todas las cosas.
-Lo amé una vez. Pero usted y el señor Aguilar se encargaron de enterrar bien profundo ese amor, sepultarlo con mentiras, engaños y todo tipo de bajezas. Yo hubiera dado mi vida por él, pero no le importó.
-Todo fue culpa mía.
-Eso no me sirve. Lo que usted pudiera decir o hacer me dolería, pero Álvaro Aguilar era mi amor, mi primera vez, el hombre al que entregué mi corazón y mi confianza con los ojos cerrados... Era tal mi fe en el que si me lo pidiese podría volar... Todo eso se acabó.
-Beatriz, déjeme demostrarle que he cambiado.
-No necesito que me demuestre nada.
Gonzalo no podía creer su suerte, su mala suerte. Bea era una de esas rocas contra las que las olas golpean incansablemente hasta conseguir erosionarlas, pero presentía que en el caso de Bea, más que ola debería de transformarse en Tsunami.
Perdido en sus pensamientos andaba, cuando Bea apareció.
-¿Estás mejor, Triznami? -le preguntó, sonriendo.
-Hace ya tiempo que no me llamabas así -le recriminó ella con media sonrisa.
-Tu padre me ha dicho que te has levantado con el pie izquierdo hoy, que procure andar con pies de plomo y no meter la pata...
-¡Qué ortopédico anda hoy mi padre, ¿no?!
-Es que cuando lo he visto estaba comprándose unos zapatos y el subsconciente juega malas pasadas...
-¿Has comprado los billetes? -le preguntó, recordando de repente la mala memoria que tenía para algunas cosas.
-Están aquí -dijo, señalando el pecho.- Sanos y salvos en el bolsillo interior de mi chaqueta.
-Enséñamelo.
-¡Aquí, mi dulce Beatriz! Este no es un lugar apropiado...
-Sólo quiero asegurarme. Anda, dame los billetes, Gonza, no seas payaso.
-Así que esa es la confianza que tú tienes en mí...
-Ninguna confianza. Eso es.
-Beatriz, esto no va a funcionar a menos que confíes en mí.
-Confío. Sólo que no me ciega el amor, precisamente, cuando se trata de nuestras reservas de viaje.
-Está bien -claudicó por fin Gonzalo.- Aquí tienes.
Y le entregó un sobre con un logotipo de una empresa de viajes: BeAL Airlines. Beatriz sacó los documentos de su interior y los revisó. La mirada de enojo no se hizo esperar...
-¿Y la reserva de mi hotel? Ya te dije que mi padre alquiló el piso y necesitaría un sitio donde dormir.
-Siempre puedes venir a mi apartamento, mi preciosa diosa de los números -dijo en tono jocoso.
-¿Tu apartamento? Te refieres a esa guarida de casanova trasnochado que los ratones abandonaron por el bien de su salud... ¡Ni lo sueñes, Gonzalo De Soto!
-Si vieras el efecto que producen en mi tus enfados y mohines y esa arruguita que se te forma en la frente cuando te cabreas...
-Gonzalo, te lo digo en serio. No voy a dormir en tu casa.
-¿Tienes miedo de que te seduzca, Bea?
-A estas altura, mi querido Director Publicitario, debería usted haber notado que sus estratagemas y sus clásicas poses para encandilar a una fémina no funcionan con alguien como yo.
-Pues a mi tu ortodóncica sonrisa, me hace desear....
-¡Anda, vamos a comer, Casanova! -dijo, tirando de su corbata para ponerse en marcha.
>>Gonzalo De Soto tenía experiencia con las mujeres, eso era un hecho más que comprobado y su largo currículum sentimental estaba lleno de errores cometidos uno tras otro. Era uno de esos hombres que sabía cómo hacerle el amor a una mujer, pero no hacerle sentir amor. Él nunca lo había sentido, por tanto, estaba un poco pez en esa cuestión.
Sin embargo, en los últimos tiempos, había oído hablar a Álvaro de amor, de su amor por Bea... Y empezó a preguntarse cómo sería sentir algo así.
No le quedaba la menor duda de que su amigo sentía por Bea algo muy distinto de lo que hubiera podido sentir por cualquier otra mujer, incluida Cayetana. Y, desde luego, era sincero porque Bea no era una de esas mujeres que hacen volver la vista a los hombres. Con Bea había sido el día a día, la sonrisa en el momento adecuado, las palabras de aliento necesarias para las circunstancias, los pequeños detalles y gestos de la vida diaria, las confidencias y la confianza, la cercanía... Todo un cúmulo de cosas que había hecho de ella la Perfecta Imperfecta, como le dijo aquella escritora.
Burlarse de Álvaro fue fácil y divertido, picarlo aún más. Álvaro tenía el aspecto de un líder: guapo, alto, agradable al trato, de sonrisa matadora... pero tenía tendencia a dejarse llevar. Sobre todo por él. Y como en Don Quijote, el escudero era el sentido común, el que llevaba en cierta forma a su señor por el camino más insospechado, haciéndolo creer que tan brillante idea era de producción propia.
Recuperar la confianza de Bea no fue fácil. El primer objetivo a derribar fue Carmelo, la honestidad hecha persona. ¿Cuáles fueron sus palabras exactas? No sabría decirlo. Porque soltó todos y cada uno de los discursos de disculpa que conocía, la cuestión es que alguno de ellos funcionó.
-Beatriz -insistió Gonzalo una vez más.- Tenemos que hablar, por favor.
-Ya le he repetido con toda la educación de la que soy capaz tratándose de usted que no quiero escuchar ni una sola palabra. Si no deja de molestarme, tomaré medidas drásticas.
-Álvaro está mal -dijo, esperando moverle el corazón.
-Me alegro. Así al menos uno de los dos probará algo de su propia medicina.
-No te creo, Beatriz. Amas a Álvaro por encima de todas las cosas.
-Lo amé una vez. Pero usted y el señor Aguilar se encargaron de enterrar bien profundo ese amor, sepultarlo con mentiras, engaños y todo tipo de bajezas. Yo hubiera dado mi vida por él, pero no le importó.
-Todo fue culpa mía.
-Eso no me sirve. Lo que usted pudiera decir o hacer me dolería, pero Álvaro Aguilar era mi amor, mi primera vez, el hombre al que entregué mi corazón y mi confianza con los ojos cerrados... Era tal mi fe en el que si me lo pidiese podría volar... Todo eso se acabó.
-Beatriz, déjeme demostrarle que he cambiado.
-No necesito que me demuestre nada.
Gonzalo no podía creer su suerte, su mala suerte. Bea era una de esas rocas contra las que las olas golpean incansablemente hasta conseguir erosionarlas, pero presentía que en el caso de Bea, más que ola debería de transformarse en Tsunami.
Perdido en sus pensamientos andaba, cuando Bea apareció.
-¿Estás mejor, Triznami? -le preguntó, sonriendo.
-Hace ya tiempo que no me llamabas así -le recriminó ella con media sonrisa.
-Tu padre me ha dicho que te has levantado con el pie izquierdo hoy, que procure andar con pies de plomo y no meter la pata...
-¡Qué ortopédico anda hoy mi padre, ¿no?!
-Es que cuando lo he visto estaba comprándose unos zapatos y el subsconciente juega malas pasadas...
-¿Has comprado los billetes? -le preguntó, recordando de repente la mala memoria que tenía para algunas cosas.
-Están aquí -dijo, señalando el pecho.- Sanos y salvos en el bolsillo interior de mi chaqueta.
-Enséñamelo.
-¡Aquí, mi dulce Beatriz! Este no es un lugar apropiado...
-Sólo quiero asegurarme. Anda, dame los billetes, Gonza, no seas payaso.
-Así que esa es la confianza que tú tienes en mí...
-Ninguna confianza. Eso es.
-Beatriz, esto no va a funcionar a menos que confíes en mí.
-Confío. Sólo que no me ciega el amor, precisamente, cuando se trata de nuestras reservas de viaje.
-Está bien -claudicó por fin Gonzalo.- Aquí tienes.
Y le entregó un sobre con un logotipo de una empresa de viajes: BeAL Airlines. Beatriz sacó los documentos de su interior y los revisó. La mirada de enojo no se hizo esperar...
-¿Y la reserva de mi hotel? Ya te dije que mi padre alquiló el piso y necesitaría un sitio donde dormir.
-Siempre puedes venir a mi apartamento, mi preciosa diosa de los números -dijo en tono jocoso.
-¿Tu apartamento? Te refieres a esa guarida de casanova trasnochado que los ratones abandonaron por el bien de su salud... ¡Ni lo sueñes, Gonzalo De Soto!
-Si vieras el efecto que producen en mi tus enfados y mohines y esa arruguita que se te forma en la frente cuando te cabreas...
-Gonzalo, te lo digo en serio. No voy a dormir en tu casa.
-¿Tienes miedo de que te seduzca, Bea?
-A estas altura, mi querido Director Publicitario, debería usted haber notado que sus estratagemas y sus clásicas poses para encandilar a una fémina no funcionan con alguien como yo.
-Pues a mi tu ortodóncica sonrisa, me hace desear....
-¡Anda, vamos a comer, Casanova! -dijo, tirando de su corbata para ponerse en marcha.
jueves, 14 de junio de 2007
Capitulo 2: Bea y el encantador de serpientes
En Bulevar, todo iba como la seda. Sonsoles dirigía la empresa a golpe de mocho. Chusa se había convertido en su nueva secretaria y la Barbie se peleaba con la centralita día sí y dia también.
-Sonsoles –apareció Richard en la puerta de su despacho.
-Señora Prieto o Señora Directora para ti, Richard de Castro.
-De acuerdo, sé que no hemos sido los mejores amigos durante este tiempo, pero…
- ¿Los mejores amigos? –repitió Sonsoles, sorprendida.- No, podría decirse que no. ¡Vamos, Richard! Me has martirizado desde que llegué aquí,… Bueno, a mí, a Bea al pobre de Benito que es un santo, a Jimena. Creo que podrías contar con los dedos de una mano, y ya te sobrarían, los amigos que has hecho en Bulevar. Así que no me hagas perder el tiempo. ¿Qué quieres?
-Saber qué vas a hacer conmigo.
-Pues, se me ocurren varias opciones: desde colgarte una piedra al cuello y arrojarte por el viaducto hasta coger uno de tus abanicos y hacértelo tragar lama a lama… Pos que voy a hacer alma de dios. Cargar contigo mal que me pese. Eres un idiota redomado, pero también un genio y aquí prima el talento sobre las maneras.
-¿Voy a conservar mi puesto? –preguntó un tanto incrédulo.
-De momento, aunque ándate con ojo… Yo no soy Bea, Richard. A mí me da un parraque y tardo en ponerte en la calle menos de lo que la Barbie tarda en fundir una visa oro.
A Sonsoles le suena el móvil. Es Bea. Despide a Richard con un vaivén de mano y se sienta comódamente a hablar con ella.
-Mi niña, ¿dónde andas?
De todo lo que Sonsoles esperaba escuchar de Bea, aquello que su amiga le estaba contando era lo que menos.
-¿Estás segura, mi Bea?
-No. Pero creí estar segura una vez y me engañaron.
-Cariño, Gonzalo…
-Sí, ya sé. Gonzalo fue el artífice de todo y debería matarlo, clavarle agujitas en las uñas por todo lo que… Pero no puedo. Lo intento y no puedo.
-Tú es que no eres más buena porque no eres más grande, pero no bajes la guardia Beatriz. No te fíes ni un pelo de Gonzalito.
-Mi padre me ha dicho lo mismo, pero yo creo que se ha dado cuenta de sus errores, Sandra.
-Vivir para ver, cariño. Bueno, avísame cuando volváis.
-¿Cómo está él?
-Arrastrándose por los rincones de Bulevar, Bea. Álvaro es un capullo, pero un capullo enamorado.
-Sandra, no quiero que….
-Tranquila, cariño, no diré nada. Vuelve pronto, Bea.
Alvaro entraba en el despacho de Sonsoles justo cuando terminaba de hablar…
Se abalanzó sobre el teléfono y se lo arrebato de las manos.
-¡¡¡¡Bea!!! ¡¡¡Bea!!!
-¡Jesús, Alvaro!
-¡Me dijiste que no sabías nada de ella!
-Te mentí.
-Quiero que la llames.
-Y yo quiero un maromo de metro ochenta y piel morena como mi esclavo personal. Ya ves tú qué cosas.
-¡Lo digo en serio! –la amenazó.- Necesito hablar con ella.
-No puedo, Alvaro. No tengo su número. Es ella la que llama siempre.
-¿Va a volver?
-Sí, pero no te gustará saber el motivo.
-¡Dímelo!
-Se ha comprometido.
Álvaro se derrumbó por completo sobre el sofá de imitación de leopardo que había en el despacho. Saber que Bea estaba comprometida le cerraba muchas puertas. En realidad, todas.
-No puede ser. Yo… Yo no puedo perderla. La necesito.
-Eso debiste pensarlo antes de los engaños, las mentiras, las estratagemas para enviarla a la cárcel…
-¡Que yo no firmé esa declaración! ¿Cuántas veces he de decir lo mismo?
-Nunca serán suficientes. Jugaste con una persona que lo dio todo por ti, que te hubiera seguido al fin del mundo sin pedir nada a cambio…
Recordaba esas palabras. Se las escuchó a Bea una vez. ¡Oh, Dios! Se daría de patadas en el culo por no saber apreciar lo bueno cuando tuvo la oportunidad y ahora…. Ahora otro hombre, más listo que él, un hombre que sí había sabido ver a la verdadera Bea iba a llevarse la única razón de su existencia.
Aún cuando le había dicho a Sandra que estaba segura, Bea no confiaba del todo en Gonzalo, el encantador de serpientes, que fue como lo llamó ella misma cuando se reencontraron meses atrás…. La mente de Bea se traslada a aquel momento.
-Beatriz –la llamó una voz cuando salió del bloque de apartamentos donde residia con su padre, en un sitio no muy cercano ni muy lejano de Bulevar.
-¡¡¡Señor De Soto!!! ¿Quién si no el fiel perro de presa de Álvaro sería capaz de dar con mi paradero?
-Bea, sé que estos momentos no soy tu persona favorita precisamente.
-No, no lo eres.
-Necesito que hablemos. Yo tengo que decirte…
-Lo que tenga que decirme, señor De Soto, es algo que no necesito oír. Más viniendo de alguien para quién mentir es toda una profesión.
-La publicidad es lo que tiene.
-No, señor De Soto, me refiero a su “otra profesión”. La de encantador de serpientes.
-Bea, por favor, deja de llamarme señor De Soto que me da la sensación que mi padre va a aparecer de un momento a otro. Llámame Gonzalo.
-No lo voy a llamar en absoluto. ¡¡¡Buenas tardes, señor De soto!!!
-¡¡¡Beatriz!!!
Aquella tarde, cuando dejó a Gonzalo plantado, pensó que ya había eliminado de su vida a Alvaro, a Gonzalo y a Bulevar 21 para siempre. Seguiría con su trabajo actual, con una mujer como jefa, que no pondría en peligro su estabilidad sentimental y continuaría adelanta, pero…
Gonzalo no fue nunca de los que se rendían fácilmente.
Él era un encantador de serpientes y, aunque planeaba reformarse, todavía conservaba parte de ese encanto que tan buen resultado le había dado con otras mujeres... Y eso que Bea no respondía para nada a lo que él entendía como mujer.
Álvaro, por su parte, no dejaba de lamentarse. Necesitaba a Bea con toda el alma, la quería, la amaba sin medida sin horario sin orden ni concierto. Era un amor loco, desesperado y casi enfermizo. No podía pensar ni concentrarse en nada que no fuera Bea...
-¡¡La necesito!!! -se decía a sí mismo mientras se preparaba para meterse en la cama.
Frente al espejo del baño había un hombre que había perdido la sonrisa, un hombre que no deseaba otra cosa más que dormir y despertar el día que Bea regresara.
Se acordó de lo que Sonsoles acababa de revelarle y fue como si un ejército de cuchillos se clavase en su corazón.
Bea comprometida con otro hombre, acariciada por otras manos, otros labios besarían su boca, otros dedos rozarían su piel y la bañarían de miradas llenas de amor mientras él se quedaba en la más absoluta soledad.
Y, en medio, de toda aquella tristeza... Ni siquiera tenía a "su hermano", su compinche, su fiel escudero, su compañero de juergas y amigo de la infancia para escucharle como había hecho muchas veces antes.
Poco sabía que su amigo, el encantador de serpientes, estaba a punto de traicionarlo de la peor manera posible....
-Sonsoles –apareció Richard en la puerta de su despacho.
-Señora Prieto o Señora Directora para ti, Richard de Castro.
-De acuerdo, sé que no hemos sido los mejores amigos durante este tiempo, pero…
- ¿Los mejores amigos? –repitió Sonsoles, sorprendida.- No, podría decirse que no. ¡Vamos, Richard! Me has martirizado desde que llegué aquí,… Bueno, a mí, a Bea al pobre de Benito que es un santo, a Jimena. Creo que podrías contar con los dedos de una mano, y ya te sobrarían, los amigos que has hecho en Bulevar. Así que no me hagas perder el tiempo. ¿Qué quieres?
-Saber qué vas a hacer conmigo.
-Pues, se me ocurren varias opciones: desde colgarte una piedra al cuello y arrojarte por el viaducto hasta coger uno de tus abanicos y hacértelo tragar lama a lama… Pos que voy a hacer alma de dios. Cargar contigo mal que me pese. Eres un idiota redomado, pero también un genio y aquí prima el talento sobre las maneras.
-¿Voy a conservar mi puesto? –preguntó un tanto incrédulo.
-De momento, aunque ándate con ojo… Yo no soy Bea, Richard. A mí me da un parraque y tardo en ponerte en la calle menos de lo que la Barbie tarda en fundir una visa oro.
A Sonsoles le suena el móvil. Es Bea. Despide a Richard con un vaivén de mano y se sienta comódamente a hablar con ella.
-Mi niña, ¿dónde andas?
De todo lo que Sonsoles esperaba escuchar de Bea, aquello que su amiga le estaba contando era lo que menos.
-¿Estás segura, mi Bea?
-No. Pero creí estar segura una vez y me engañaron.
-Cariño, Gonzalo…
-Sí, ya sé. Gonzalo fue el artífice de todo y debería matarlo, clavarle agujitas en las uñas por todo lo que… Pero no puedo. Lo intento y no puedo.
-Tú es que no eres más buena porque no eres más grande, pero no bajes la guardia Beatriz. No te fíes ni un pelo de Gonzalito.
-Mi padre me ha dicho lo mismo, pero yo creo que se ha dado cuenta de sus errores, Sandra.
-Vivir para ver, cariño. Bueno, avísame cuando volváis.
-¿Cómo está él?
-Arrastrándose por los rincones de Bulevar, Bea. Álvaro es un capullo, pero un capullo enamorado.
-Sandra, no quiero que….
-Tranquila, cariño, no diré nada. Vuelve pronto, Bea.
Alvaro entraba en el despacho de Sonsoles justo cuando terminaba de hablar…
Se abalanzó sobre el teléfono y se lo arrebato de las manos.
-¡¡¡¡Bea!!! ¡¡¡Bea!!!
-¡Jesús, Alvaro!
-¡Me dijiste que no sabías nada de ella!
-Te mentí.
-Quiero que la llames.
-Y yo quiero un maromo de metro ochenta y piel morena como mi esclavo personal. Ya ves tú qué cosas.
-¡Lo digo en serio! –la amenazó.- Necesito hablar con ella.
-No puedo, Alvaro. No tengo su número. Es ella la que llama siempre.
-¿Va a volver?
-Sí, pero no te gustará saber el motivo.
-¡Dímelo!
-Se ha comprometido.
Álvaro se derrumbó por completo sobre el sofá de imitación de leopardo que había en el despacho. Saber que Bea estaba comprometida le cerraba muchas puertas. En realidad, todas.
-No puede ser. Yo… Yo no puedo perderla. La necesito.
-Eso debiste pensarlo antes de los engaños, las mentiras, las estratagemas para enviarla a la cárcel…
-¡Que yo no firmé esa declaración! ¿Cuántas veces he de decir lo mismo?
-Nunca serán suficientes. Jugaste con una persona que lo dio todo por ti, que te hubiera seguido al fin del mundo sin pedir nada a cambio…
Recordaba esas palabras. Se las escuchó a Bea una vez. ¡Oh, Dios! Se daría de patadas en el culo por no saber apreciar lo bueno cuando tuvo la oportunidad y ahora…. Ahora otro hombre, más listo que él, un hombre que sí había sabido ver a la verdadera Bea iba a llevarse la única razón de su existencia.
Aún cuando le había dicho a Sandra que estaba segura, Bea no confiaba del todo en Gonzalo, el encantador de serpientes, que fue como lo llamó ella misma cuando se reencontraron meses atrás…. La mente de Bea se traslada a aquel momento.
-Beatriz –la llamó una voz cuando salió del bloque de apartamentos donde residia con su padre, en un sitio no muy cercano ni muy lejano de Bulevar.
-¡¡¡Señor De Soto!!! ¿Quién si no el fiel perro de presa de Álvaro sería capaz de dar con mi paradero?
-Bea, sé que estos momentos no soy tu persona favorita precisamente.
-No, no lo eres.
-Necesito que hablemos. Yo tengo que decirte…
-Lo que tenga que decirme, señor De Soto, es algo que no necesito oír. Más viniendo de alguien para quién mentir es toda una profesión.
-La publicidad es lo que tiene.
-No, señor De Soto, me refiero a su “otra profesión”. La de encantador de serpientes.
-Bea, por favor, deja de llamarme señor De Soto que me da la sensación que mi padre va a aparecer de un momento a otro. Llámame Gonzalo.
-No lo voy a llamar en absoluto. ¡¡¡Buenas tardes, señor De soto!!!
-¡¡¡Beatriz!!!
Aquella tarde, cuando dejó a Gonzalo plantado, pensó que ya había eliminado de su vida a Alvaro, a Gonzalo y a Bulevar 21 para siempre. Seguiría con su trabajo actual, con una mujer como jefa, que no pondría en peligro su estabilidad sentimental y continuaría adelanta, pero…
Gonzalo no fue nunca de los que se rendían fácilmente.
Él era un encantador de serpientes y, aunque planeaba reformarse, todavía conservaba parte de ese encanto que tan buen resultado le había dado con otras mujeres... Y eso que Bea no respondía para nada a lo que él entendía como mujer.
Álvaro, por su parte, no dejaba de lamentarse. Necesitaba a Bea con toda el alma, la quería, la amaba sin medida sin horario sin orden ni concierto. Era un amor loco, desesperado y casi enfermizo. No podía pensar ni concentrarse en nada que no fuera Bea...
-¡¡La necesito!!! -se decía a sí mismo mientras se preparaba para meterse en la cama.
Frente al espejo del baño había un hombre que había perdido la sonrisa, un hombre que no deseaba otra cosa más que dormir y despertar el día que Bea regresara.
Se acordó de lo que Sonsoles acababa de revelarle y fue como si un ejército de cuchillos se clavase en su corazón.
Bea comprometida con otro hombre, acariciada por otras manos, otros labios besarían su boca, otros dedos rozarían su piel y la bañarían de miradas llenas de amor mientras él se quedaba en la más absoluta soledad.
Y, en medio, de toda aquella tristeza... Ni siquiera tenía a "su hermano", su compinche, su fiel escudero, su compañero de juergas y amigo de la infancia para escucharle como había hecho muchas veces antes.
Poco sabía que su amigo, el encantador de serpientes, estaba a punto de traicionarlo de la peor manera posible....
miércoles, 13 de junio de 2007
Capitulo 1: Desapariciones
Hacía meses que no tenía noticias de Gonzalo y estaba empezando a preocuparse. Su amigo de la infancia había desaparecido otras veces, tentado por los brazos de alguna rubia azafata sueca o encandilado por las curvas de una mulata brasileña, pero tarde o temprano terminaba dando señales de vida. Una llamada al móvil, una postal con algun lugar paradisiaco e incluso un simple mensaje de texto tipo “toi en paraíso, hermano. “… pero nunca el silencio. Muchas veces le había rogado a Gonzalo que lo dejase en paz, que callase un rato, pero…. Lo echaba de menos. A su amigo, su hermano, a aquella mente llena de enrevesados planes para seducir a Bea en un principio y arrebatarle Bulevar más tarde. Pero ambas cosas, la seducción y la recuperación de su empresa, habían salido mal.
Lo primero, fue un arma de doble filo con la que se acabó cortando. Bea era, es y será la única mujer que su corazón reconocerá. El ser más especial que alguien podrá encontrar a su lado, el ángel guardian que él no merecía. Ahora la había perdido para siempre. Se marchó sin decir a dónde y nada más se supo de ella ni de su padre.
Álvaro la buscó, incansable, desesperada y tenazmente. Interrogó a todos aquellos que, en algún momento u otro, tuvieron relación con Bea: Santi, las chicas del 112, Sonsoles,… Nada.
En cuanto a Bulevar, estaba claro que ninguna idea económico-financiera que saliese de la cabeza del paseador de despachos (léase, Gonzalo) iba a tener la más mínima posiblidad de éxito. Por eso, al final de todo, cuando Bea decidió marcharse, lo dejó todo en manos de quién menos sospechaba: Sonsoles Prieto, la del mocho inquieto.
Si Sonsoles sabía algo de Bea, lo guardaba muy bien. Y seguramente Álvaro sería la última persona a la que estuviese dispuesta a desvelarlo. Sorprendió a muchos con su gestión, Diego el que más. Se paseaba por las juntas con cara de pocos amigos y refunfuñando “Algun día Sonsoles Prieto, volverás al mocho y al fregar”, convirtiéndolo casi en un mantra.
-¡Ay, Dieguito, hijo! –exclamó Sonsoles al oír una vez más la cantinela.- ¡¡¡Mira que eres cansino!!!
- Sonsoles…. –llamó Álvaro, antes de que ésta alcanzase el ascensor.
- Por enésima vez, Alvaro: No, no sé donde está Bea. No, no se ha comunicado conmigo desde que se fue y no, no te lo diría aunque me regalaras tu empresa….-sonríe, irónicamente- ¡Aich, no! ¡Qué digo! Si tu empresa ya es mía….
- Eso no era necesario.
- Lo sé, Alvarito, pero si vieras lo bien que le sienta a este cuerpo –dice, a la par que recorre con su mano su propia y esbelta figura – Que es que me quedo de un a gusto que ni un orgasmo, nene.
-¡Sonsoles! –exclama Alvaro.
-Bueno, a lo mejor un orgasmo no, pero a la altura de zamparse una caja de bombones no te diría yo que no.
-¿Podemos hablar en serio un minuto?
- Me va a costar siendo tú –comienza a bromear otra vez, pero Álvaro la mira fijamente.- Está bien. A ver desembucha.
-Gonzalo.
-Fin de la conversación, Alvaro.
-No, escúchame, por favor. Necesito saber si lo has visto.
-No. Lo que sí he visto es su despacho. ¡¡¡Qué desperdicio de espacio!!! –se pone seria- No te preocupes. Seguro que el inconsciente de Gonzalo anda perdido en alguna isla del Caribe….
-Que Gonzalo nunca ha hecho esto. Marcharse así, sin avisar.
-Pues, esta vez –dice mientras le da una palmadita en el hombro- me da a mí que va a ser la primera.
Dicho eso, se marchó.
Bea en paradero desconocido. Gonzalo sin dar señales de vida. Bulevar en manos de la señora de la limpieza…
Para Beatriz la vida había cambiado mucho. Seis meses antes no hubiera creído lo que estaba a punto de hacer. Entró en la joyería con el miedo todavía metido en el cuerpo. ¿Iba a tener el valor suficiente? ¿Estaba segura? Eso fue justo lo que le preguntó su acompañante:
-¿Estás segura, Bea?
- Sí.
-Pues vamos.
Se dirigieron con paso presto hacia los cristalinos mostradores de Ibel & Cía, Alta Joyería donde les aguardaba Ruperta, la diligente dependienta.
-¿En qué puedo ayudarles? –se ofreció la amable señorita.
-Buscabamos unos anillos de compromiso –informó el apuesto acompañante.
-¿Tenían pensado algo en concreto?
-Nada recargado, por favor –sugirió Bea.
-¿Un solitario engarzado en una fina alianza de oro de primera ley de 24 kilates, quizás? –dijo mostrándoles una pieza con dichas características.
-Mis manos son pequeñas –arguyó Bea.- Creo que con eso dejaría ciega a media Europa.
-Tal vez, algo en oro blanco y sin mucho brillo… -siguió la dependienta.
-Me gusta ese Bea… Te queda bien.
-Es que…
-Bea, si es por el dinero,… Esto es algo que quiero hacer y quiero hacerlo bien.
Le lanzó una mirada a la dependienta y dijo:
-¿Podría darnos un minuto?
-Claro. Estaré por aquí si me necesitan.
-Gracias –dijo, volviendo enseguida su atención hacia el hombre que la miraba fijamente. - No te enfades por lo que voy a decir, ¿vale? Ese anillo me gusta, pero me recuerda al que él me regaló y no tengo muy buenos recuerdos de ese momento.
Bea esperó unos segundos para verlo reaccionar.
-Dí algo, por favor –pidió Bea.
-Supongo que si tratamos de partir de cero, deberíamos buscar algo diametralmente opuesto.
-Eso quiere decir exactamente que….. –dijo, intentando que le aclarara las ideas.
-Que debemos elegir algo sencillo pero bonito, tan bonito como el verde de tus ojos.
-Entonces, no estás enfadado, ¿no?
-No podría. Jamás pude -le dijo sonriendo picaronamente como solo él sabía hacerlo.
Le acarició suavemente la mejilla con el dorso de la mano. Ella lo miró y sonrió.
-Señorita –llamó.- Esta chica quiere su anillo así que... Dese prisa.
-¡¡¡Gonzalooo!!! –le riñó Bea.
Lo primero, fue un arma de doble filo con la que se acabó cortando. Bea era, es y será la única mujer que su corazón reconocerá. El ser más especial que alguien podrá encontrar a su lado, el ángel guardian que él no merecía. Ahora la había perdido para siempre. Se marchó sin decir a dónde y nada más se supo de ella ni de su padre.
Álvaro la buscó, incansable, desesperada y tenazmente. Interrogó a todos aquellos que, en algún momento u otro, tuvieron relación con Bea: Santi, las chicas del 112, Sonsoles,… Nada.
En cuanto a Bulevar, estaba claro que ninguna idea económico-financiera que saliese de la cabeza del paseador de despachos (léase, Gonzalo) iba a tener la más mínima posiblidad de éxito. Por eso, al final de todo, cuando Bea decidió marcharse, lo dejó todo en manos de quién menos sospechaba: Sonsoles Prieto, la del mocho inquieto.
Si Sonsoles sabía algo de Bea, lo guardaba muy bien. Y seguramente Álvaro sería la última persona a la que estuviese dispuesta a desvelarlo. Sorprendió a muchos con su gestión, Diego el que más. Se paseaba por las juntas con cara de pocos amigos y refunfuñando “Algun día Sonsoles Prieto, volverás al mocho y al fregar”, convirtiéndolo casi en un mantra.
-¡Ay, Dieguito, hijo! –exclamó Sonsoles al oír una vez más la cantinela.- ¡¡¡Mira que eres cansino!!!
- Sonsoles…. –llamó Álvaro, antes de que ésta alcanzase el ascensor.
- Por enésima vez, Alvaro: No, no sé donde está Bea. No, no se ha comunicado conmigo desde que se fue y no, no te lo diría aunque me regalaras tu empresa….-sonríe, irónicamente- ¡Aich, no! ¡Qué digo! Si tu empresa ya es mía….
- Eso no era necesario.
- Lo sé, Alvarito, pero si vieras lo bien que le sienta a este cuerpo –dice, a la par que recorre con su mano su propia y esbelta figura – Que es que me quedo de un a gusto que ni un orgasmo, nene.
-¡Sonsoles! –exclama Alvaro.
-Bueno, a lo mejor un orgasmo no, pero a la altura de zamparse una caja de bombones no te diría yo que no.
-¿Podemos hablar en serio un minuto?
- Me va a costar siendo tú –comienza a bromear otra vez, pero Álvaro la mira fijamente.- Está bien. A ver desembucha.
-Gonzalo.
-Fin de la conversación, Alvaro.
-No, escúchame, por favor. Necesito saber si lo has visto.
-No. Lo que sí he visto es su despacho. ¡¡¡Qué desperdicio de espacio!!! –se pone seria- No te preocupes. Seguro que el inconsciente de Gonzalo anda perdido en alguna isla del Caribe….
-Que Gonzalo nunca ha hecho esto. Marcharse así, sin avisar.
-Pues, esta vez –dice mientras le da una palmadita en el hombro- me da a mí que va a ser la primera.
Dicho eso, se marchó.
Bea en paradero desconocido. Gonzalo sin dar señales de vida. Bulevar en manos de la señora de la limpieza…
Para Beatriz la vida había cambiado mucho. Seis meses antes no hubiera creído lo que estaba a punto de hacer. Entró en la joyería con el miedo todavía metido en el cuerpo. ¿Iba a tener el valor suficiente? ¿Estaba segura? Eso fue justo lo que le preguntó su acompañante:
-¿Estás segura, Bea?
- Sí.
-Pues vamos.
Se dirigieron con paso presto hacia los cristalinos mostradores de Ibel & Cía, Alta Joyería donde les aguardaba Ruperta, la diligente dependienta.
-¿En qué puedo ayudarles? –se ofreció la amable señorita.
-Buscabamos unos anillos de compromiso –informó el apuesto acompañante.
-¿Tenían pensado algo en concreto?
-Nada recargado, por favor –sugirió Bea.
-¿Un solitario engarzado en una fina alianza de oro de primera ley de 24 kilates, quizás? –dijo mostrándoles una pieza con dichas características.
-Mis manos son pequeñas –arguyó Bea.- Creo que con eso dejaría ciega a media Europa.
-Tal vez, algo en oro blanco y sin mucho brillo… -siguió la dependienta.
-Me gusta ese Bea… Te queda bien.
-Es que…
-Bea, si es por el dinero,… Esto es algo que quiero hacer y quiero hacerlo bien.
Le lanzó una mirada a la dependienta y dijo:
-¿Podría darnos un minuto?
-Claro. Estaré por aquí si me necesitan.
-Gracias –dijo, volviendo enseguida su atención hacia el hombre que la miraba fijamente. - No te enfades por lo que voy a decir, ¿vale? Ese anillo me gusta, pero me recuerda al que él me regaló y no tengo muy buenos recuerdos de ese momento.
Bea esperó unos segundos para verlo reaccionar.
-Dí algo, por favor –pidió Bea.
-Supongo que si tratamos de partir de cero, deberíamos buscar algo diametralmente opuesto.
-Eso quiere decir exactamente que….. –dijo, intentando que le aclarara las ideas.
-Que debemos elegir algo sencillo pero bonito, tan bonito como el verde de tus ojos.
-Entonces, no estás enfadado, ¿no?
-No podría. Jamás pude -le dijo sonriendo picaronamente como solo él sabía hacerlo.
Le acarició suavemente la mejilla con el dorso de la mano. Ella lo miró y sonrió.
-Señorita –llamó.- Esta chica quiere su anillo así que... Dese prisa.
-¡¡¡Gonzalooo!!! –le riñó Bea.
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