Bea no sabía muy bien qué decir. La actitud de Gonzalo de un tiempo a esta parte había cambiado tanto que no estaba segura de nada. Tal vez sólo eran imaginaciones suyas, nada más.
Bea había perdido el contacto con la realidad durante un segundo, así que Gonzalo se vio obligado a preguntar de nuevo.
-¿Crees que no tengo claro lo que siento por tí? -repitió un par de veces antes de conseguir una respuesta.
-No lo sé, Gonza, no estoy segura.
-Bea...triz -se corrigió.- Eso es algo que tengo absolutamente controlado.
-¿Controlado? ¿Qué quieres decir? -se asustó Bea.- ¿Es que hay algo que controlar?
Al verla tan nerviosa, supo cuál sería su reacción. Su preocupación por él, por lo que pudiera sentir, era absoluta, completa e indisimuladamente sincera, así que... Eligió con cuidado las palabras que debía decir.
-Bea -la llamó para que le prestase atención.- Bea, mírame.
-Gonzalo... -fue a quejarse.
-Necesito que me des tu mano y me escuches un segundo, ¿vale?
-¡Ay, por favor! ¡Gonzalo, no me hagas esto!
-No es lo que piensas, Triz -le dijo, tomándola de la barbilla para obligarla a mirarle.- No seas tonta y dame la mano, por favor.
Beatriz extendió su mano, la mano en la que llevaba la alianza de compromiso, y la puso sobre la de Gonzalo.
-¿Recuerdas qué es eso que llevas en el dedo?
-¡Gonzalo!
-Contesta, Bea. No te estoy preguntando de física cuántica, que seguro que sabes un rato...
-Es mi anillo de compromiso -repitió como una cantinela.
-¿Y te acuerdas lo que grabamos en él? -siguió Gonzalo, esperando que Bea no se resistiese.
-¡¡¡Claro que lo recuerdo, Gonzalo!!! -exclamó.- Estábamos juntos, ¿recuerdas?
-Quítate el anillo y mira la inscripción.
-No lo necesito, Gon, ya sé lo que pone.
-Ya sé que lo sabes. ¡¡¡Dios, Bea, hoy estás imposible!!!
-De acuerdo -dijo, quitándose la alianza y mostrándola a la luz.- Te seguiré el juego un rato.
La luz que adornaba la mesa incidió sobre el oro blanco haciéndolo brillar con un destello primero para después liberar el mensaje que guardaba el anillo.
Alvaro + Bea x siempre
Gonzalo guardó silencio unos segundos antes de proseguir. Bea lo miraba fijamente, intuyendo que algo importante estaba por llegar.
-Esa inscripción, Triz, resume lo que Álvaro siente por tí, lo que los dos sentís por el otro y eso te hace más inalcanzable para mi que si estuvieras en el planeta más alejado del sistema solar -dijo, y al notar el carácter serio de la conversación se decidió a bromear.- ... que por si te interesa saberlo es Saturno, ¿no?
-Plutón, Gonza, Plutón -dijo, sabiendo que él solo trataba de relajar la tensión que se había creado.
Él le sonrió picaronamente y retomó el tema.
-Lo que intento decir, Beatriz, sin ese don de palabra que suele caracterizarme... Es sencillamente que, si estuviese enamorado de tí (que no es el caso) y aunque no amarás a Álvaro como sé que lo amas (que tampoco es el caso) lo que Álvaro siente por tí, me haría tragarme ese amor de una sola vez y digerirlo o aprender a convivir con él pero sin llegar a expresarlo jamás.
Bea se lo quedó mirando durante largo rato por lo que él dedujo que no había entendido ni una sola palabra.
-Beatriz, si puedes oírme, parpadea una vez. Si estás catatónica, parpadea dos -bromeó.
-Gonzalo, eso es...
-Un galimatías, lo sé. No estoy muy lúcido esta noche.
-¡No, no! Es la declaración de amistad más hermosa que he oído nunca y espero que Álvaro sepa apreciarte en la justa medida.
-Eso es lo único que yo espero de ti, Beatriz, amistad. Quiero ser el mejor amigo de la novia de mi mejor amigo -dijo, dándose cuenta al segundo de lo que acaba de decir.
-Ha sonado como un trabalenguas -bromeó Bea.
- ¡Joder! Está demostrado que tienes un efecto devastador en mi capacidad expresiva. Esta noche, soy un desastre, Triz
Beatriz se acercó a él y le dio un sonoro beso en la cara.
-¿Y eso por qué esta vez?
-Por ser un desastre, pero un desastre encantador.
-Gracias.
-De nada, amigo.
Gonzalo dejó a Beatriz en la puerta del hotel y, antes de despedirse, Bea le preguntó:
-¿Tienes algo pensado para mañana?
-Aún no -admitió -, déjame que lo consulte con la almohada y ya te diré algo.
-Podríamos quedar para desayunar en el hotel, ¿te parece?-le sugirió ella.
-De acuerdo.
-Ocho y media.
-Triz, no castigues tanto, hija. Compasión por las horas de sueño de un hombre.
-¡¡¡Cómo si fuese la primera vez que trasnochas un dia laboral!!! Si te habré visto repetir veces el traje del día anterior...
Gonzalo sonrió.
-¿A las nueve te va bien? -le preguntó ella de nuevo.
-Me iría mejor a las once, pero.. ¡¡¡A las nueve!!!
-Buenas noches, señor De Soto -dijo, devolviéndole el casco con una sonrisa.
-Buenas noches, señorita Pérez Pinzón.
Y Gonzalo se marchó a casa en la moto.
Mientras subía a su habitación, recordó esa noche a la que había vuelto tantas noches antes mientras trataba de dormir. Una noche que la sorprendió tanto, que casi estaba a la altura de las otras dos noches más importantes de su vida: su primera vez y la noche del cobertizo.
Sin embargo, en esta última, la sorprendió no la pasión o los sentimientos, sino la capacidad de otro ser humano para escuchar y hacerse escuchar.
>> Era cierto que Gonzalo la perseguía día y noche, que apenas la dejaba moverse con libertad, con la excusa de hacerle entender lo mucho que sufría su amigo.
Pero ella se negó a escucharlo. No quería saber del dolor de Álvaro, no quería tener que escuchar lo mucho que sufría por la marcha de Beatriz, porque él, el ser al que se había entregado por completo sin condiciones ni restricciones y en todos los sentidos, era el principal causante de su marcha.
Pero Álvaro sabía elegir a sus embajadores y, aunque la suya fuese una causa perdida, este embajador se había curtido en mil batallas antes.
Los años de mentiras continuadas, encubrimientos, planes secretos y no tan secretos a los que sometían a Cayetana de la Vega hacían de Gonzalo un oponente a tener en cuenta.<<>> Esa noche cambió muchas cosas para los dos, se dijo a sí mismo mientras se tomaba lo último que aún quedaba en el cartón de leche.
Tanto Gonzalo como Bea parecían estar reflexionando sobre el mismo asunto. La noche de su última encerrona a Bea. O lo que ellos solían llamar "La noche que nunca tuvimos".
miércoles, 27 de junio de 2007
martes, 26 de junio de 2007
Capitulo 19: Planes, planes, planes
-Álvaro, sé que piensas que no te apoyo lo suficiente como padre -comenzó Francisco-, y tal vez no dejes de tener razón. Por eso quiero que sepas que me tienes a tu lado para lo que pueda servirte.
-No te entiendo, papá. ¿Quieres ayudarme a qué? ¡Ya perdí Bulevar!
-No hablo de Bulevar, hijo, hablo de algo que para mí es infinitamente más importante.
-Hasta donde yo sé -dijo Álvaro, no sin sentir cierto dolor.- Bulevar ha sido, es y será lo más importante en tu vida.
-Hablo de tu felicidad, Álvaro. Eres mi hijo y mi prioridad es que seas feliz. Si tu felicidad se llama Beatriz Pérez Pinzón, pues bienvenida a la familia.
-Pero, mamá...-iba a comenzar Álvaro.
-Tu madre es un poco...
-¿Clasista? -le sugirió Álvaro.
-Tiene buen fondo, hijo. Cuando compruebe cuán feliz te hace, Bea, no tendrá ninguna duda acerca de ella.
-¡¡Ojalá y Dios te escuche!!
-Bueno, ¿y qué vamos a hacer para recuperar a esa nueva nuera mía tan escurridiza?-bromeó Francisco.
-No tengo ni idea.
Las niñas del 112 estaban decididas. Sabían perfectamente de parte de quién estaban, aunque Jimena aún tenía sus dudas. Gonzalo la tenía completamente conquistada.
-Bueno, ¿y qué hacemos para dejar al par de tórtolos solitos y que puedan hablar? -preguntó Marga.
-Lo del ascensor, desde luego, no. Que la pobre Bea va a cogerle manía -dijo Chusa.
-O gusto, según se mire -sugirió Jimena.- Pero yo voto porque la dejemos un rato tranquila.
-Por fin alguien con sentido común... Chicas, dejemos el mundo como está y no revolucionemos al personal más de lo que ya está -se quejó Benito.-, que de estás Richard se hace un abanico con las tirillas de mi pellejo.
-Pero, bueno, Benito... ¿Dónde se ha quedado tu espíritu de aventura? -le criticó Marga.- ¿No te gustaría ayudar a alguien a reencontrarse con el amor de su vida?
-Marga, los doscientoscuarentaeuristas carecemos de espíritu aventurero... Sobrevivir con ese sueldo todos los meses ya es una aventura en sí misma -le respondió.
-¡Anda, Benito! ¡Que eres el tío más.... rajao que conoció este mundo! -le dijo Jimena.
-¿Tú no querías que Bea se diera una oportunidad con Gonzalo? -le criticó el becario.
-Me lo he pensao mejor. Si Bea lo suelta, a lo mejor lo pilló yo... Ahora que tiene la mirada limpia, más allá del esclavo 90-60-90.
-¡¡¡Jimena!!! -gritaron todas a coro.
-Es que me da que Gonzalo tiene su punto, chicas... Si no, a ver por qué tanto éxito entre las de nuestro género. Y a mí, me gustaría probar un poco de eso -terminó, dando un lametón a la cucharilla del café de lo más sugerente.
-¡Me voy, niñas! -exclamó el becario.- Ya he oído más que suficiente.
-¡Ande vas, alma cándida! -le gritó Elena, cogiéndolo de la camiseta.- Tú, te vas a encargar de Gonzalo.
-Pero... Pero... -intentó quejarse.
-¡Pero nada! -sentenció Elena.- Si Gonzalo aparece, tú como una lapa. ¡Ahí, a la yugular!
-¿Quieres que lo estrangule?
-No, Benito hijo, no -le calmó Chusa.- Se refiere a que no lo dejes ni a sol ni a sombra, que no tenga oportunidad de acercarse al despacho de Álvaro. Elena y yo estaremos pendientes y, cuando los dos estén dentro...
-¡Zas! -gritó Elena, asustando a más de uno.- Encerraos a cal y canto y con las guardianas en la puerta.
-Ahora sólo nos queda -siguió Marga- que Alvarito sea espabilao por una vez en su vida y aproveche la oportunidad.
Titina, por su parte, no pensaba quedarse de brazos cruzados. Su hijo no podía estar enamorado de la secretaria esa de pacotilla.
Lo había oído de su propia boca, le había amenazado directamente, pero... Eso sería demencia transitoria. A veces ocurre, tras una fuerte emoción. Y bien es cierto que Álvaro no había llevado una vida tranquila últimamente.
Iba a poner las cosas en su sitio, así le costase la vida. Entró en el despacho de Cayetana y no le gustó mucho lo que vio.
-¡Diego!
-Buenas tardes, Titina -dijo Diego, levantándose de la silla en la que estaba perfectamente acomodado para saludarla.
-¿Qué haces aquí?
-Esperando a mi hermana. Quería invitarla a comer, tenemos algunos asuntos pendientes que tratar.
-Creo que se te ha hecho un poco tarde, Diego -dijo, observando el reloj. Marcaba las cinco menos diez.
-Sí -dijo, confirmándolo con el suyo propio.- No cabe duda que mi hermana Cayetana se está viendo influenciada por las malas costumbres que abundan en esta revista. A veces creo que la única persona que trabajaba realmente en esta empresa era esa chacha, Sonsoles.
-¡Increíble que esa mujer dirija esta revista! -exclamó indignada.
-Pues no lo hace tan mal, mi querida Titina -reconoció Diego.- Aunque tampoco era muy difícil superar la gestión de tu hijo.
-¡No consiento que insultes a Álvaro en mi presencia!
-Sé que eres su madre, pero la pasión no quita el conocimiento. Estoy seguro de que Álvaro es el hijo que toda madre desea, pero desde luego no es el director con el que una revista soñaría.
-¡Eres un amargado, Diego, y siempre lo serás! No importa si algún día consigues Bulevar o no, porque siempre habrá algo que te haga infeliz...
Con semejante desplante, Titina salió del despacho de Cayetana y olvidó por un momento su maléfico plan para hundir a Bea, o mejor dicho, a Álvaro.
En otra parte de la ciudad, Gonzalo y Bea convirtieron ese almuerzo en una larga, larguísima tarde de charla. El móvil de Bea tenía mil llamadas perdidas, todas ellas de la única persona que podía tener tal desesperación en encontrarla.
-Bueno, ¿y mañana qué? -le preguntó Bea a Gonzalo -porque está claro que quiere hablar conmigo -terminó haciendo referencia al móvil que no dejaba de agitarse sobre la mesa.
-Mañana, más leña al fuego, preciosa -le dijo con una sonrisa maliciosa.
-Gonzalo, no sé si voy a ser tan fuerte....
-Me lo has prometido, ¿recuerdas? Estamos juntos en esto.
-Lo intentaré.
-No, no lo intentes -le dijo Gonzalo, muy serio.- Tienes que ir con mente ganadora, Bea...triz, porque si no, te pondrá su carita de niño bueno y su brillante sonrisa y estarás perdida.
-Ya estoy perdida, Gonzalo, y tu lo sabes.
-Ya. Yo lo sé, tú lo sabes,... Pero él no. Y no puede saberlo.
Todavía.
-Es que estoy preocupada por él y por tí...
-¿Por mí? -repitió Gonzalo, sin dejar de sorprenderse.
-Me preocupa que hayamos llevado esto demasiado lejos y tú...
-¿Que sienta algo por tí? ¿Algo real, quieres decir?
-No te entiendo, papá. ¿Quieres ayudarme a qué? ¡Ya perdí Bulevar!
-No hablo de Bulevar, hijo, hablo de algo que para mí es infinitamente más importante.
-Hasta donde yo sé -dijo Álvaro, no sin sentir cierto dolor.- Bulevar ha sido, es y será lo más importante en tu vida.
-Hablo de tu felicidad, Álvaro. Eres mi hijo y mi prioridad es que seas feliz. Si tu felicidad se llama Beatriz Pérez Pinzón, pues bienvenida a la familia.
-Pero, mamá...-iba a comenzar Álvaro.
-Tu madre es un poco...
-¿Clasista? -le sugirió Álvaro.
-Tiene buen fondo, hijo. Cuando compruebe cuán feliz te hace, Bea, no tendrá ninguna duda acerca de ella.
-¡¡Ojalá y Dios te escuche!!
-Bueno, ¿y qué vamos a hacer para recuperar a esa nueva nuera mía tan escurridiza?-bromeó Francisco.
-No tengo ni idea.
Las niñas del 112 estaban decididas. Sabían perfectamente de parte de quién estaban, aunque Jimena aún tenía sus dudas. Gonzalo la tenía completamente conquistada.
-Bueno, ¿y qué hacemos para dejar al par de tórtolos solitos y que puedan hablar? -preguntó Marga.
-Lo del ascensor, desde luego, no. Que la pobre Bea va a cogerle manía -dijo Chusa.
-O gusto, según se mire -sugirió Jimena.- Pero yo voto porque la dejemos un rato tranquila.
-Por fin alguien con sentido común... Chicas, dejemos el mundo como está y no revolucionemos al personal más de lo que ya está -se quejó Benito.-, que de estás Richard se hace un abanico con las tirillas de mi pellejo.
-Pero, bueno, Benito... ¿Dónde se ha quedado tu espíritu de aventura? -le criticó Marga.- ¿No te gustaría ayudar a alguien a reencontrarse con el amor de su vida?
-Marga, los doscientoscuarentaeuristas carecemos de espíritu aventurero... Sobrevivir con ese sueldo todos los meses ya es una aventura en sí misma -le respondió.
-¡Anda, Benito! ¡Que eres el tío más.... rajao que conoció este mundo! -le dijo Jimena.
-¿Tú no querías que Bea se diera una oportunidad con Gonzalo? -le criticó el becario.
-Me lo he pensao mejor. Si Bea lo suelta, a lo mejor lo pilló yo... Ahora que tiene la mirada limpia, más allá del esclavo 90-60-90.
-¡¡¡Jimena!!! -gritaron todas a coro.
-Es que me da que Gonzalo tiene su punto, chicas... Si no, a ver por qué tanto éxito entre las de nuestro género. Y a mí, me gustaría probar un poco de eso -terminó, dando un lametón a la cucharilla del café de lo más sugerente.
-¡Me voy, niñas! -exclamó el becario.- Ya he oído más que suficiente.
-¡Ande vas, alma cándida! -le gritó Elena, cogiéndolo de la camiseta.- Tú, te vas a encargar de Gonzalo.
-Pero... Pero... -intentó quejarse.
-¡Pero nada! -sentenció Elena.- Si Gonzalo aparece, tú como una lapa. ¡Ahí, a la yugular!
-¿Quieres que lo estrangule?
-No, Benito hijo, no -le calmó Chusa.- Se refiere a que no lo dejes ni a sol ni a sombra, que no tenga oportunidad de acercarse al despacho de Álvaro. Elena y yo estaremos pendientes y, cuando los dos estén dentro...
-¡Zas! -gritó Elena, asustando a más de uno.- Encerraos a cal y canto y con las guardianas en la puerta.
-Ahora sólo nos queda -siguió Marga- que Alvarito sea espabilao por una vez en su vida y aproveche la oportunidad.
Titina, por su parte, no pensaba quedarse de brazos cruzados. Su hijo no podía estar enamorado de la secretaria esa de pacotilla.
Lo había oído de su propia boca, le había amenazado directamente, pero... Eso sería demencia transitoria. A veces ocurre, tras una fuerte emoción. Y bien es cierto que Álvaro no había llevado una vida tranquila últimamente.
Iba a poner las cosas en su sitio, así le costase la vida. Entró en el despacho de Cayetana y no le gustó mucho lo que vio.
-¡Diego!
-Buenas tardes, Titina -dijo Diego, levantándose de la silla en la que estaba perfectamente acomodado para saludarla.
-¿Qué haces aquí?
-Esperando a mi hermana. Quería invitarla a comer, tenemos algunos asuntos pendientes que tratar.
-Creo que se te ha hecho un poco tarde, Diego -dijo, observando el reloj. Marcaba las cinco menos diez.
-Sí -dijo, confirmándolo con el suyo propio.- No cabe duda que mi hermana Cayetana se está viendo influenciada por las malas costumbres que abundan en esta revista. A veces creo que la única persona que trabajaba realmente en esta empresa era esa chacha, Sonsoles.
-¡Increíble que esa mujer dirija esta revista! -exclamó indignada.
-Pues no lo hace tan mal, mi querida Titina -reconoció Diego.- Aunque tampoco era muy difícil superar la gestión de tu hijo.
-¡No consiento que insultes a Álvaro en mi presencia!
-Sé que eres su madre, pero la pasión no quita el conocimiento. Estoy seguro de que Álvaro es el hijo que toda madre desea, pero desde luego no es el director con el que una revista soñaría.
-¡Eres un amargado, Diego, y siempre lo serás! No importa si algún día consigues Bulevar o no, porque siempre habrá algo que te haga infeliz...
Con semejante desplante, Titina salió del despacho de Cayetana y olvidó por un momento su maléfico plan para hundir a Bea, o mejor dicho, a Álvaro.
En otra parte de la ciudad, Gonzalo y Bea convirtieron ese almuerzo en una larga, larguísima tarde de charla. El móvil de Bea tenía mil llamadas perdidas, todas ellas de la única persona que podía tener tal desesperación en encontrarla.
-Bueno, ¿y mañana qué? -le preguntó Bea a Gonzalo -porque está claro que quiere hablar conmigo -terminó haciendo referencia al móvil que no dejaba de agitarse sobre la mesa.
-Mañana, más leña al fuego, preciosa -le dijo con una sonrisa maliciosa.
-Gonzalo, no sé si voy a ser tan fuerte....
-Me lo has prometido, ¿recuerdas? Estamos juntos en esto.
-Lo intentaré.
-No, no lo intentes -le dijo Gonzalo, muy serio.- Tienes que ir con mente ganadora, Bea...triz, porque si no, te pondrá su carita de niño bueno y su brillante sonrisa y estarás perdida.
-Ya estoy perdida, Gonzalo, y tu lo sabes.
-Ya. Yo lo sé, tú lo sabes,... Pero él no. Y no puede saberlo.
Todavía.
-Es que estoy preocupada por él y por tí...
-¿Por mí? -repitió Gonzalo, sin dejar de sorprenderse.
-Me preocupa que hayamos llevado esto demasiado lejos y tú...
-¿Que sienta algo por tí? ¿Algo real, quieres decir?
domingo, 24 de junio de 2007
Capitulo 18: El cambio de Gonzalo
Álvaro se quedó en su coche y esperó.
Pero nadie salía del portal. Había calculado el tiempo que Bea hacía que había salido de Bulevar y ya le había dado tiempo más que suficiente de llegar.
Tal vez le estuviese costando más de lo que pensaba contárselo a Gonzalo, porque Bea era muy pausada, muy diplomática... ¡¡No!! De repente recordó sus besos la primera noche. Estaba asustada, pero... ¡¡Madre de Dios!! Esa mujer que había tenido entre sus brazos no era para nada pausada, ni diplomática, era alguien que podía hacerle hervir la sangre con sólo mirarlo.
Eso le hizo pensar en Gonzalo y Beatriz juntos. El corazón se le paró. ¿Habrían pasado alguna noche juntos? Sólo contemplar esa posibilidad le desgarraba el alma.
En ese momento, sonó el móvil y Álvaro casi le produce un infarto.
-¿Dígame?
-Álvaro, hijo, ¿dónde estás? -le preguntó Francisco.
-Estoy.... Estoy resolviendo unos asuntos personales.
-Tenemos que vernos -le pidió.- Necesito hablar contigo.
-¡Ahora no es buen momento, papá!
-Pues dime cuándo porque lo que tenemos que hablar no puede esperar, hijo.
-De acuerdo -claudicó Álvaro.- Te veré en casa en un par de horas.
-¡En casa no, hijo! -se quejó Francisco.- Tu madre no nos dejaría hablar.
-Pues, en mi piso entonces. Papá, tengo que dejarte -dijo, viendo cómo Beatriz salía del portal.
Colgó el teléfono y, cuando se disponía a bajar del coche, vio que Gonzalo salía tras ella. Pensó que iban a discutir en plena calle, pero no... Ella parecía estar esperándolo. Él la tomó de la mano y se caminó con ella unos metros hasta llegar a una moto negra que estaba aparcada cerca del portal.
¿Gonzalo tenía una moto? ¡¡Desde cuándo!!
-Me dan miedo las motos, Gonza.
-¿Las motos o tener que agarrarte a mí? Beatriz, te aseguro que esa es una experiencia que muchas mujeres estarían deseosas de vivir.
-¡No lo dudo, mi donjuán particular! Pero juro que la moto me da aún más miedo.
-Mira, te voy a poner esto -dijo colocándole el casco con sumo cuidado.- Así ya está...
Cuando terminó de ajustarle la correilla, le dio en beso en la punta de la nariz y la miró fijamente.
-Soy como la Hormiga Atómica, ¿no? -bromeó Bea.
-Estás preciosa, Triz -le dijo, suavemente.
-¡¡¡Qué bien mientes, Gonzalo!!
Gonzalo cogió el otro casco de la moto e hizo el intento de ponérselo, pero los rizos escapan por un lado y otro.
-Puedes ayudarme si quieres.
-¡Oh, perdona! -le dijo ella, procurando domar los rizos rebeldes que aún se resistían.- ¡Dios! Eres como uno de esos perros de agua, todo lanosos...
Gonzalo se detuvo un momento y la miró.
-Gracias -dijo con ironía.- La próxima vez intentaré quedar a la altura de sus cumplidos, señorita Atómica.
Bea sonrió mientras proseguía domando rizos.
-Tú puedes llamarme, Hormi -le siguió el juego.- En serio, Gonzalo, deberías plantearte hacer una visitita a la peluquería.
-Beatriz, deja mis rizos como están.
-¿Te da miedo que te pase como a Sansón y pierdas tu fuerza?
-Yo ya perdí mi fuerza y los papeles por una mujer... Y no se llama Dalila precisamente.
Beatriz se acercó a él y le dio, o al menos lo intentó, un beso en la cara, pero sus gafas chocaron con el casco y terminaron a risa limpia.
-¿Y eso? -le dijo Gonzalo.
-Porque eres un buen tío y una mejor persona, Gonzalo... Aunque haya tardado en darme cuenta.
-Bueno,... -respondió Gonzalo, sonrojándose.- Yo no te lo puse fácil tampoco.
-¿Te pones colorado? ¿Tú, Gonzalo el seductor? ¿Por un beso de Bea, la mosquita muerta?
-Sí,... aunque parezca mentira me pongo colorado cuando me miras -Gonzalo guardó silencio.- ¿Eso es la letra de una canción?
-Me temo que sí -dijo Bea, riendo.
-Anda, sube y vámonos a comer. Como sigamos así, termino cantando el Aserejé.
Gonzalo se subió en la moto y arrancó. Bea lo siguió, acomodándose en el asiento y apretándose contra Gonzalo con todas tus fuerzas.
-Triz, como te sigas apretando así y colocando la mano ahí, no vamos a tener más remedio que subir arriba y estrenar ese sofá.
-Lo siento, Gonza.
-No te disculpes, a mí me encanta, pero... Sólo quería avisarte con qué estabas jugando.
Acto seguido, la moto se puso en marcha y los dos desaparecieron.
Álvaro se quedó sentado durante media hora más. No podía creer lo que habían visto sus ojos. El jugueteo con el casco casi había terminado con él, pero cuando Bea se subió a la moto y sus brazos... ¡¡¡Dios!!! Y esa mirada que Gonza le había echado a Bea era puro... Reconocía esa mirada porque es como Beatriz lo hacía sentir todo el tiempo, cuando la tenía a su lado. Deseaba que el mundo desapareciese y sólo estuvieran ellos dos.
En realidad, lo que más le preocupaba es que él no debería estar solo en ese coche. Había venido con un propósito pero todo se había ido al traste.
Estaba tan seguro de que Beatriz le había correspondido a ese beso, tan seguro. Había sentido cómo sus labios se aferraban a los de él, cómo luchaba contra sí misma para no poner el alma en ese beso... ¿Cómo era posible?
Tal vez no se lo hubiese contado a Gonzalo, por eso su amigo se las prometía tan felices.
Pero no. Eso no era propio de Bea. Entonces, la única opción posible es que él la hubiese perdonado. Pero eso tampoco era propio de Gonzalo...
Se sintió más asustado. Si Gonzalo había cambiado hasta tal punto, tal vez su amor por Bea era real y... Y había sabido ganarse a Beatriz, su Beatriz, en pocos meses.
Su amigo no era el hombre más romántico y detallista del universo, tenía labia, pero el romance no era su fuerte. Lo suyo era conspirar, inventar, maquinar.... Pero nunca dejaba al descubierto sus verdaderos sentimientos, ni siquiera con él. Sin embargo con Bea... Con Bea todo era diferente. Recordó las palabras que le dijo en el despacho, la pasión con la que había defendido sus sentimientos, el anillo en la mano de su secretaria, ¡¡tenía una moto y él no lo sabía!! Gonzalo había cambiado. Y puede que con ese cambio le estuviese ganando la partida.
Puso en marchar el vehículo y se dirigió a su apartamento. Acababa de recordar que había quedado con su padre.
Cuando llegó a casa y abrió la puerta, su padre ya estaba dentro.
-¿Cómo has entrado?
-El portero -le aclaró.- ¿Te encuentras mal, hijo? ¿Tienes mala cara?
-No he tenido mi mejor día, papá. Así que dime, ¿qué es eso tan importante de lo que tenemos que hablar y de lo que mamá no puede enterarse?
-Tu madre lo sabe. Es más ella me lo dijo, pero... No me hubiera dejado meter baza.
-¿A qué te refieres? -le preguntó Álvaro intrigado.
-El asunto ese que corre por Bulevar sobre tu secretaria y tu...
-Papá, no te unas a mi pesadilla, por favor -le rogó.
-Sólo quiero saber si hay algo entre vosotros.
-Amo a Beatriz, papá, como pensé que no se podía amar a nadie.
-Entonces, ¿es cierto?
-Si has venido a amenazarme tú también, te diré que no me importa. Además, después de lo que acabo de ver... Es probable que haya perdido a Beatriz definitivamente.
Pero nadie salía del portal. Había calculado el tiempo que Bea hacía que había salido de Bulevar y ya le había dado tiempo más que suficiente de llegar.
Tal vez le estuviese costando más de lo que pensaba contárselo a Gonzalo, porque Bea era muy pausada, muy diplomática... ¡¡No!! De repente recordó sus besos la primera noche. Estaba asustada, pero... ¡¡Madre de Dios!! Esa mujer que había tenido entre sus brazos no era para nada pausada, ni diplomática, era alguien que podía hacerle hervir la sangre con sólo mirarlo.
Eso le hizo pensar en Gonzalo y Beatriz juntos. El corazón se le paró. ¿Habrían pasado alguna noche juntos? Sólo contemplar esa posibilidad le desgarraba el alma.
En ese momento, sonó el móvil y Álvaro casi le produce un infarto.
-¿Dígame?
-Álvaro, hijo, ¿dónde estás? -le preguntó Francisco.
-Estoy.... Estoy resolviendo unos asuntos personales.
-Tenemos que vernos -le pidió.- Necesito hablar contigo.
-¡Ahora no es buen momento, papá!
-Pues dime cuándo porque lo que tenemos que hablar no puede esperar, hijo.
-De acuerdo -claudicó Álvaro.- Te veré en casa en un par de horas.
-¡En casa no, hijo! -se quejó Francisco.- Tu madre no nos dejaría hablar.
-Pues, en mi piso entonces. Papá, tengo que dejarte -dijo, viendo cómo Beatriz salía del portal.
Colgó el teléfono y, cuando se disponía a bajar del coche, vio que Gonzalo salía tras ella. Pensó que iban a discutir en plena calle, pero no... Ella parecía estar esperándolo. Él la tomó de la mano y se caminó con ella unos metros hasta llegar a una moto negra que estaba aparcada cerca del portal.
¿Gonzalo tenía una moto? ¡¡Desde cuándo!!
-Me dan miedo las motos, Gonza.
-¿Las motos o tener que agarrarte a mí? Beatriz, te aseguro que esa es una experiencia que muchas mujeres estarían deseosas de vivir.
-¡No lo dudo, mi donjuán particular! Pero juro que la moto me da aún más miedo.
-Mira, te voy a poner esto -dijo colocándole el casco con sumo cuidado.- Así ya está...
Cuando terminó de ajustarle la correilla, le dio en beso en la punta de la nariz y la miró fijamente.
-Soy como la Hormiga Atómica, ¿no? -bromeó Bea.
-Estás preciosa, Triz -le dijo, suavemente.
-¡¡¡Qué bien mientes, Gonzalo!!
Gonzalo cogió el otro casco de la moto e hizo el intento de ponérselo, pero los rizos escapan por un lado y otro.
-Puedes ayudarme si quieres.
-¡Oh, perdona! -le dijo ella, procurando domar los rizos rebeldes que aún se resistían.- ¡Dios! Eres como uno de esos perros de agua, todo lanosos...
Gonzalo se detuvo un momento y la miró.
-Gracias -dijo con ironía.- La próxima vez intentaré quedar a la altura de sus cumplidos, señorita Atómica.
Bea sonrió mientras proseguía domando rizos.
-Tú puedes llamarme, Hormi -le siguió el juego.- En serio, Gonzalo, deberías plantearte hacer una visitita a la peluquería.
-Beatriz, deja mis rizos como están.
-¿Te da miedo que te pase como a Sansón y pierdas tu fuerza?
-Yo ya perdí mi fuerza y los papeles por una mujer... Y no se llama Dalila precisamente.
Beatriz se acercó a él y le dio, o al menos lo intentó, un beso en la cara, pero sus gafas chocaron con el casco y terminaron a risa limpia.
-¿Y eso? -le dijo Gonzalo.
-Porque eres un buen tío y una mejor persona, Gonzalo... Aunque haya tardado en darme cuenta.
-Bueno,... -respondió Gonzalo, sonrojándose.- Yo no te lo puse fácil tampoco.
-¿Te pones colorado? ¿Tú, Gonzalo el seductor? ¿Por un beso de Bea, la mosquita muerta?
-Sí,... aunque parezca mentira me pongo colorado cuando me miras -Gonzalo guardó silencio.- ¿Eso es la letra de una canción?
-Me temo que sí -dijo Bea, riendo.
-Anda, sube y vámonos a comer. Como sigamos así, termino cantando el Aserejé.
Gonzalo se subió en la moto y arrancó. Bea lo siguió, acomodándose en el asiento y apretándose contra Gonzalo con todas tus fuerzas.
-Triz, como te sigas apretando así y colocando la mano ahí, no vamos a tener más remedio que subir arriba y estrenar ese sofá.
-Lo siento, Gonza.
-No te disculpes, a mí me encanta, pero... Sólo quería avisarte con qué estabas jugando.
Acto seguido, la moto se puso en marcha y los dos desaparecieron.
Álvaro se quedó sentado durante media hora más. No podía creer lo que habían visto sus ojos. El jugueteo con el casco casi había terminado con él, pero cuando Bea se subió a la moto y sus brazos... ¡¡¡Dios!!! Y esa mirada que Gonza le había echado a Bea era puro... Reconocía esa mirada porque es como Beatriz lo hacía sentir todo el tiempo, cuando la tenía a su lado. Deseaba que el mundo desapareciese y sólo estuvieran ellos dos.
En realidad, lo que más le preocupaba es que él no debería estar solo en ese coche. Había venido con un propósito pero todo se había ido al traste.
Estaba tan seguro de que Beatriz le había correspondido a ese beso, tan seguro. Había sentido cómo sus labios se aferraban a los de él, cómo luchaba contra sí misma para no poner el alma en ese beso... ¿Cómo era posible?
Tal vez no se lo hubiese contado a Gonzalo, por eso su amigo se las prometía tan felices.
Pero no. Eso no era propio de Bea. Entonces, la única opción posible es que él la hubiese perdonado. Pero eso tampoco era propio de Gonzalo...
Se sintió más asustado. Si Gonzalo había cambiado hasta tal punto, tal vez su amor por Bea era real y... Y había sabido ganarse a Beatriz, su Beatriz, en pocos meses.
Su amigo no era el hombre más romántico y detallista del universo, tenía labia, pero el romance no era su fuerte. Lo suyo era conspirar, inventar, maquinar.... Pero nunca dejaba al descubierto sus verdaderos sentimientos, ni siquiera con él. Sin embargo con Bea... Con Bea todo era diferente. Recordó las palabras que le dijo en el despacho, la pasión con la que había defendido sus sentimientos, el anillo en la mano de su secretaria, ¡¡tenía una moto y él no lo sabía!! Gonzalo había cambiado. Y puede que con ese cambio le estuviese ganando la partida.
Puso en marchar el vehículo y se dirigió a su apartamento. Acababa de recordar que había quedado con su padre.
Cuando llegó a casa y abrió la puerta, su padre ya estaba dentro.
-¿Cómo has entrado?
-El portero -le aclaró.- ¿Te encuentras mal, hijo? ¿Tienes mala cara?
-No he tenido mi mejor día, papá. Así que dime, ¿qué es eso tan importante de lo que tenemos que hablar y de lo que mamá no puede enterarse?
-Tu madre lo sabe. Es más ella me lo dijo, pero... No me hubiera dejado meter baza.
-¿A qué te refieres? -le preguntó Álvaro intrigado.
-El asunto ese que corre por Bulevar sobre tu secretaria y tu...
-Papá, no te unas a mi pesadilla, por favor -le rogó.
-Sólo quiero saber si hay algo entre vosotros.
-Amo a Beatriz, papá, como pensé que no se podía amar a nadie.
-Entonces, ¿es cierto?
-Si has venido a amenazarme tú también, te diré que no me importa. Además, después de lo que acabo de ver... Es probable que haya perdido a Beatriz definitivamente.
sábado, 23 de junio de 2007
Capítulo 17: Una promesa rota
-Triz, pasa y hablamos -le pidió Gonzalo.
Ella dudó, lo que Gonzalo notó al primer instante. La miró, le acarició levemente la mejilla y le dijo con una sonrisa:
-No te preocupes. Estás completamente a salvo. Este lobo tiene intenciones absolutamente honestas, corazón.
Beatriz sabía que sólo Gonzalo podía entenderla en este instante, pero también había incumplido un pacto, el pacto que hicieron los dos una noche.
-¡No puedo más, Gonza!
-A ver, a ver... Ven aquí conmigo -dijo, tomándola de la mano y acomodándola en el sofá.
-¿Tienes sofá nuevo? -sonrió un momento.
-Si quiero seducirte -dijo bromeando- tendrá que ser en el sofá, porque es lo más lejos que me permitirás llevarte.
Bea sonrió. Sabía que podía confiar en él. Gonzalo le dio un beso en la frente y volvió a cogerla de las manos. Estaba invitándola a hablar.
-He visto a Álvaro -dijo, como si tuviese miedo de soltar cada una de las palabras.
-Eso es algo que no necesitas decirme.
-Lo siento, Gonza -se disculpó ella, malinterpretando sus palabras.
-No, cariño, si no es que me enfade. Sino porque ya lo adiviné al ver tu cara.
-Sé que tu y yo teníamos un pacto, que no volveríamos a verle a solas después de hablar con él, pero... Tenía que ir después de leer el editorial.
-Lo entiendo -dijo, en un tono más que comprensivo, lo que hizo que Bea se enfadase.
-¡No digas que lo entiendes! -casi le gritó.- ¡¡No quiero que lo entiendas, quiero que te enfades!!
-No puedo, Bea...triz -terminó recordando que ella le había pedido que tratase de no llamarla así hace mucho tiempo.- Ya contaba con esto, ¿sabes?
-¿Contabas con que yo fallase?
-Sería estúpido si pensara que no.
-¡Gonzalo! ¡Álvaro me besó! -le dijo, por fin.
-No lo culpó -dijo, algo menos calmado.- Yo también habría intentado hacerte recordar mis besos, mis caricias, nuestros momentos juntos....
-Pero ¿qué demonios te pasa? -le gritó indignada, dándole un fuerte manotazo.- ¿Por qué me dices cosas como esa?
-Soy realista, Triz. Te he visto adorarle desde el mismo momento en que pisaste Bulevar.
-Tú te juegas mucho, Gonzalo. Él es tu mejor amigo...
-No, Álvaro es más que mi amigo. Es mi hermano. Y por nuestro bien espero, que él aún me consideré como tal, porque hay cosas que le perdonarías a un hermano que jamás consentirías de un amigo...
-Podemos dejarlo. Sé que Álvaro es muy importante en tu vida.
-Sí, pero tú lo eres más. Álvaro se ha equivocado en muchas cosas, al igual que yo, y tú me has demostrado que hay cosas que no sólo se ven con los ojos, sino con el corazón, Beatriz. Me diste una segunda oportunidad y sé que Álvaro lo entenderá todo, con el tiempo.
-Gonzalo, ¿yo soy la culpable de que hables así, con el corazón?
-¡Tú, Beatriz, me has salvado! -bromeó un poco.- ¡¡Mi Santa Beatriz, Patrona de los Pichardines Arrepentidos!!
-¿De verdad crees que esto saldrá bien?
-Claro. Yo quiero seguir adelante, Triz, y si tu quieres...
-¡Me das miedo, Gonza, pero quiero!
-Entonces, ¿qué problema hay?
-Que rompí la promesa -dijo, mirando al anillo de su mano, que aún reposaba en las de Gonza.
-No importa, Beatriz, ahora estás aquí, conmigo -dijo, besándole las manos.- Y saldremos adelante.
-Si te digo algo, ¿no te enfadarás?
-Pruébame a ver -dijo Gonzalo con una sonrisa.- Pero si lo de besar a Álvaro he podido resistirlo...
-Cuando venía hacía aquí, tenía la intención de acabar con todo, pero... Ahora que hablo contigo, me doy cuenta de que hubiese sido una...
-¿Tontería? -dijo bromeando de nuevo.
-Es que, mal que me pese, y no te enfades Gonzalo -dijo haciendo una pausa.- Álvaro aún tiene cierto poder sobre mí.
Gonzalo suspiró profundamente. Claro que había contado con los daños colaterales que los encantos de Álvaro pudiesen tener sobre sus planes con Bea, pero... Oírla era algo muy distinto. Ahora sufría por los dos. Porque aún conservaba ciertos sentimientos hacia Álvaro y porque ahora entraban en conflicto con lo que sentía o empezaba a sentir por él. No debía presionarla. Sólo dejarla tomar sus propias decisiones.
-¿No estarás pensando en montarle una escenita a Álvaro? -le preguntó Bea, contrariada por el largo rato que había permanecido en silencio.
-¿Y demostrarle que nos ha afectado? ¡No, cariño! Mañana vuelves a Bulevar, con cualquier excusa y los tratas como la Gran Reina del Hielo que sé que puedes fingir ser.
-¡Ojalá yo estuviera tan segura de mí como lo estás tú!
En Bulevar, las chicas aún deliberaba. Era fuerte,¡qué fuerte! ¡Muy fuerte! descubrir que Beatriz tenía encandilados a los dos solteros más codiciados de todo Madrid.
-Cayetana está más leona que nunca -se rió Chusa.
-Pos, chica, no me extraña -le dijo Elena.- Con la tirria que le tiene a la pobre Bea y que se haya camelao no sólo al alelao del Álvaro sino que también a su compinche.
-Es que -comenzó Jimena- las mujeres de verdad tenemos nuestro encanto.
-Gonzalo y Álvaro detrás de la misma mujer -repitió Marga, sin creerlo.- Yo, a mis años, pensé que ya había visto de todo en esta revista. ¿Quién lo hubiera dicho?
-Y que esa mujer sea Bea -siguió Chusa - de quien se han burlado sin compasión día sí día también...
-Yo lo del Alvarito casi lo puedo llegar a entender -explicó Elena- porque eso de estar juntos tol día, tu sabes el roce hace el cariño, y ha sacao la cara muchas veces por él, en fin... Que del agradecimiento al amor no hay más que dos pasos. Pero el Bala perdía de Gonzalo... ¡¡Virgen de la Fuensanta!!!
-Y que parece enamorao de verdad, Elena -terminó Jimena-, porque las cosas tan bonitas que dijo sobre Bea en el despacho... ¡¡¡Vamos, que Gonzalo ha subió pa mi dieciocho peldaños de una vez y casi lo tengo en un pedestal!!!!
-Sí, es verdad -siguió Marga.- Conozco yo a este par desde hace mucho y jamás los vi discutir por una mujer o defenderla con tanta vehemencia.
-Pos a mi lo que más me preocupa -intervino Benito- es este ambiente de crispación de todos con todos porque, ¿sabéis qué?, al final lo terminamos pagando los "curritos" de toa la vida, niñas. Que de esta situación al despido general hay un sólo un paso... Y el primero de la lista... El pobre becario y sus doscientos cuarenta míseros euros.
-¡¡¡¡Benito!!! -le gritaron todas.
-¡Ay, Benito, hijo! ¡Que te gusta hacerte la sangre gorda! -le dijo Elena.- ¡Anda, vamos parriba!
Mientras tanto, Álvaro sabía dónde encontrar a Bea. Conociéndola, se sentiría tan culpable por aquel beso que no tardaría en confesárselo a Gonzalo. Y él ya contaba con eso cuando la besó. Sabía perfectamente que Gonzalo, el Gonzalo que él conocía, jamás permitiría que algo que él consideraba suyo le fuese arrebatado por otro hombre, pero tampoco podría evitar la desgana, al saber que su bien preciada e idealizada Bea lo había decepcionado.
Y él estaría abajo, en el portal, esperando para consolarla.....
Ella dudó, lo que Gonzalo notó al primer instante. La miró, le acarició levemente la mejilla y le dijo con una sonrisa:
-No te preocupes. Estás completamente a salvo. Este lobo tiene intenciones absolutamente honestas, corazón.
Beatriz sabía que sólo Gonzalo podía entenderla en este instante, pero también había incumplido un pacto, el pacto que hicieron los dos una noche.
-¡No puedo más, Gonza!
-A ver, a ver... Ven aquí conmigo -dijo, tomándola de la mano y acomodándola en el sofá.
-¿Tienes sofá nuevo? -sonrió un momento.
-Si quiero seducirte -dijo bromeando- tendrá que ser en el sofá, porque es lo más lejos que me permitirás llevarte.
Bea sonrió. Sabía que podía confiar en él. Gonzalo le dio un beso en la frente y volvió a cogerla de las manos. Estaba invitándola a hablar.
-He visto a Álvaro -dijo, como si tuviese miedo de soltar cada una de las palabras.
-Eso es algo que no necesitas decirme.
-Lo siento, Gonza -se disculpó ella, malinterpretando sus palabras.
-No, cariño, si no es que me enfade. Sino porque ya lo adiviné al ver tu cara.
-Sé que tu y yo teníamos un pacto, que no volveríamos a verle a solas después de hablar con él, pero... Tenía que ir después de leer el editorial.
-Lo entiendo -dijo, en un tono más que comprensivo, lo que hizo que Bea se enfadase.
-¡No digas que lo entiendes! -casi le gritó.- ¡¡No quiero que lo entiendas, quiero que te enfades!!
-No puedo, Bea...triz -terminó recordando que ella le había pedido que tratase de no llamarla así hace mucho tiempo.- Ya contaba con esto, ¿sabes?
-¿Contabas con que yo fallase?
-Sería estúpido si pensara que no.
-¡Gonzalo! ¡Álvaro me besó! -le dijo, por fin.
-No lo culpó -dijo, algo menos calmado.- Yo también habría intentado hacerte recordar mis besos, mis caricias, nuestros momentos juntos....
-Pero ¿qué demonios te pasa? -le gritó indignada, dándole un fuerte manotazo.- ¿Por qué me dices cosas como esa?
-Soy realista, Triz. Te he visto adorarle desde el mismo momento en que pisaste Bulevar.
-Tú te juegas mucho, Gonzalo. Él es tu mejor amigo...
-No, Álvaro es más que mi amigo. Es mi hermano. Y por nuestro bien espero, que él aún me consideré como tal, porque hay cosas que le perdonarías a un hermano que jamás consentirías de un amigo...
-Podemos dejarlo. Sé que Álvaro es muy importante en tu vida.
-Sí, pero tú lo eres más. Álvaro se ha equivocado en muchas cosas, al igual que yo, y tú me has demostrado que hay cosas que no sólo se ven con los ojos, sino con el corazón, Beatriz. Me diste una segunda oportunidad y sé que Álvaro lo entenderá todo, con el tiempo.
-Gonzalo, ¿yo soy la culpable de que hables así, con el corazón?
-¡Tú, Beatriz, me has salvado! -bromeó un poco.- ¡¡Mi Santa Beatriz, Patrona de los Pichardines Arrepentidos!!
-¿De verdad crees que esto saldrá bien?
-Claro. Yo quiero seguir adelante, Triz, y si tu quieres...
-¡Me das miedo, Gonza, pero quiero!
-Entonces, ¿qué problema hay?
-Que rompí la promesa -dijo, mirando al anillo de su mano, que aún reposaba en las de Gonza.
-No importa, Beatriz, ahora estás aquí, conmigo -dijo, besándole las manos.- Y saldremos adelante.
-Si te digo algo, ¿no te enfadarás?
-Pruébame a ver -dijo Gonzalo con una sonrisa.- Pero si lo de besar a Álvaro he podido resistirlo...
-Cuando venía hacía aquí, tenía la intención de acabar con todo, pero... Ahora que hablo contigo, me doy cuenta de que hubiese sido una...
-¿Tontería? -dijo bromeando de nuevo.
-Es que, mal que me pese, y no te enfades Gonzalo -dijo haciendo una pausa.- Álvaro aún tiene cierto poder sobre mí.
Gonzalo suspiró profundamente. Claro que había contado con los daños colaterales que los encantos de Álvaro pudiesen tener sobre sus planes con Bea, pero... Oírla era algo muy distinto. Ahora sufría por los dos. Porque aún conservaba ciertos sentimientos hacia Álvaro y porque ahora entraban en conflicto con lo que sentía o empezaba a sentir por él. No debía presionarla. Sólo dejarla tomar sus propias decisiones.
-¿No estarás pensando en montarle una escenita a Álvaro? -le preguntó Bea, contrariada por el largo rato que había permanecido en silencio.
-¿Y demostrarle que nos ha afectado? ¡No, cariño! Mañana vuelves a Bulevar, con cualquier excusa y los tratas como la Gran Reina del Hielo que sé que puedes fingir ser.
-¡Ojalá yo estuviera tan segura de mí como lo estás tú!
En Bulevar, las chicas aún deliberaba. Era fuerte,¡qué fuerte! ¡Muy fuerte! descubrir que Beatriz tenía encandilados a los dos solteros más codiciados de todo Madrid.
-Cayetana está más leona que nunca -se rió Chusa.
-Pos, chica, no me extraña -le dijo Elena.- Con la tirria que le tiene a la pobre Bea y que se haya camelao no sólo al alelao del Álvaro sino que también a su compinche.
-Es que -comenzó Jimena- las mujeres de verdad tenemos nuestro encanto.
-Gonzalo y Álvaro detrás de la misma mujer -repitió Marga, sin creerlo.- Yo, a mis años, pensé que ya había visto de todo en esta revista. ¿Quién lo hubiera dicho?
-Y que esa mujer sea Bea -siguió Chusa - de quien se han burlado sin compasión día sí día también...
-Yo lo del Alvarito casi lo puedo llegar a entender -explicó Elena- porque eso de estar juntos tol día, tu sabes el roce hace el cariño, y ha sacao la cara muchas veces por él, en fin... Que del agradecimiento al amor no hay más que dos pasos. Pero el Bala perdía de Gonzalo... ¡¡Virgen de la Fuensanta!!!
-Y que parece enamorao de verdad, Elena -terminó Jimena-, porque las cosas tan bonitas que dijo sobre Bea en el despacho... ¡¡¡Vamos, que Gonzalo ha subió pa mi dieciocho peldaños de una vez y casi lo tengo en un pedestal!!!!
-Sí, es verdad -siguió Marga.- Conozco yo a este par desde hace mucho y jamás los vi discutir por una mujer o defenderla con tanta vehemencia.
-Pos a mi lo que más me preocupa -intervino Benito- es este ambiente de crispación de todos con todos porque, ¿sabéis qué?, al final lo terminamos pagando los "curritos" de toa la vida, niñas. Que de esta situación al despido general hay un sólo un paso... Y el primero de la lista... El pobre becario y sus doscientos cuarenta míseros euros.
-¡¡¡¡Benito!!! -le gritaron todas.
-¡Ay, Benito, hijo! ¡Que te gusta hacerte la sangre gorda! -le dijo Elena.- ¡Anda, vamos parriba!
Mientras tanto, Álvaro sabía dónde encontrar a Bea. Conociéndola, se sentiría tan culpable por aquel beso que no tardaría en confesárselo a Gonzalo. Y él ya contaba con eso cuando la besó. Sabía perfectamente que Gonzalo, el Gonzalo que él conocía, jamás permitiría que algo que él consideraba suyo le fuese arrebatado por otro hombre, pero tampoco podría evitar la desgana, al saber que su bien preciada e idealizada Bea lo había decepcionado.
Y él estaría abajo, en el portal, esperando para consolarla.....
viernes, 22 de junio de 2007
Capitulo 16: ¿A quién acudir?
¡No pierdas la cabeza, Beatriz!, le gritaba su cerebro.
¡Ni se te ocurra dejar de besarlo!, le decía su cuerpo.
¿Me volverá a hacer daño?, se preguntaba su corazón...
Bea estaba a punto de volverse loca. Con Álvaro allí, besándola, tocándola y todas esas voces luchando en su interior. Tenía que terminar con esto, pero... ¡¡¡¡No podía!!!
Ya que todo su ser se había revelado, el destino decidió echarle una mano y alguien intentó abrir la puerta desde fuera, clavando el pomo de la puerta en la espalda de Álvaro, que ni por esas se resistió a dejarla ir. Entonces, se oyó la voz de Cayetana llamar a Álvaro y ésta empujó con más fuerza. Separando a los dos y devolviéndolos a la realidad, no sin antes, darle tiempo a observar la escena. Con semejante triángulo en el despacho, nadie se atrevía a hablar.
-Lo siento, Álvaro, no sabía que estabas... -dijo, tratando de encontrar una palabra adecuada.-... ocupado.
Bea no dijo nada. Simplemente, se tocó los labios de nuevo, como reviviendo aquel beso y dedicó a Álvaro una mirada un tanto confusa. Después se hizo hueco entre Cayetana y la puerta y salió.
-¡Bea! -gritó Álvaro.
Pero no pudo seguirla como hubiese sido su intención. Cayetana lo retuvo. Había elegido un mal momento para entrar en el despacho y ahora quería una explicación.
-¿Qué es todo esto, Álvaro?
-Tengo que buscar a Bea, Caye, ahora no tengo tiempo...
-No -dijo, tomándolo fuertemente por el brazo.- ¡Es ahora!
-Es que no entiendo que quieres.
-Quiero que me expliques lo que acabo de presenciar.
-Es un beso, Caye, un beso por el que he rogado durante meses y tú acabas de estropearlo.
-Pero lo de tu secretaria....-dijo, sin creer lo que había visto.- ¿era real? Quiero decir, no se trataba de otra payasada tuya y de Gonzalo para engatusar a la fea.
-¡No vuelvas a llamarla así! -le gritó.
-¿En serio te has enamorado de Beatriz?
-Hasta la médula, hasta los huesos, cada poro de mi cuerpo, cada pelo de mi cabeza, cada vez que respiro... Necesito encontrarla o irá a buscar a Gonzalo y cometerá una tontería....
-¿A Gonzalo? -repitió Caye, cada vez más perdida.
-¡Mira, Caye, no tengo tiempo así que te doy la versión abreviada! Gonzalo y Bea están prometidos y si no hago algo rápido, estarán casados.
Beatriz apenas logró llegar a la puerta de Bulevar porque las chicas, que lo habían estado escuchando todo, se morían por preguntar.
-¿Cómo es eso de que te vas a casar con Gonzalo? -le preguntó directamente Chusa.
-¿Por eso se han peleado los dos gallos de Bulevar, porque están enamorados de la misma gallina y no hay sitio en el corral? -preguntó Marga.
-¡Mare mía, mare mía! -exclamó Benito.- Te doy mi sueldo de este mes si me dices que vas a hacer.
-¡Chicas... Y Benito! ¡Ahora no, ¿vale?! -se quejó Bea.- ¡Ahora no!
Y salió de Bulevar.
Necesitaba pensar. No, necesitaba no pensar. No, en realidad, no sabía qué necesitaba. Empezó a caminar y deseó poder llamar a Santi para que la aconsejase. Pero no podía. Santi siempre había estado de parte de Álvaro, incluso cuando parecía odiarlo, siempre defendió que había podido enamorarse de ella en mitad de todo ese juego.
Su padre, ni pensarlo. Carmelo no podía ser imparcial con respecto a Álvaro, el hombre que tanto daño había hecho a su niña. Además, ahora estaba feliz como una perdiz al lado de Carol y ella no quería estropearle el momento.
Las chicas del 112 estaban demasiado sorprendidas para poder ayudar, tendría que dar mil explicaciones y contestar a preguntas para las que ni siquiera ella tenía respuesta.
Su única opción se reducía a alguien de quien había llegado a depender sin apenas darse cuenta. Gonzalo.
Jamás lo hubiese pensado, pero Gonzalo era un persona en la que se podía confiar si uno se tomaba la molestia de conocerlo, aceptarlo tal y como era y él estaba dispuesto. Y para ella, Gonza siempre había estado dispuesto. Fue a buscarlo a su piso, aunque prometió no poner un pie en él hasta que hicieran de ella una mujer decente, pero... Situaciones extremas exigían decisiones extremas.
Cogió un taxi y buscó la dirección en su agenda.
Mientras tanto, Álvaro trataba de lidiar con Cayetana, que no parecía haberse tomado muy bien la noticia de su enamoramiento. ¿Por qué todo el mundo se sorprendía tanto?
-¡¡¡Enamorado de la fea!!! ¡¡¡¡Álvaro, por amor de Dios!!!
-¡Te-he-dicho-que-dejes-de-llamarla-así! Amo a Beatriz, la amo, Caye y no me importa lo que diga nadie, ni lo que piensen, ni si le parece bien o mal. Yo sólo quiero que Bea me perdone. Y voy a conseguirlo, así tenga que entregarle Bulevar en bandeja de plata.
-¡Tú estás loco, Álvaro, loco! ¡¡¡¡Y Gonzalo, no digamos!!!! Pero ¿qué demonios ha hecho esa insulsa y repelente secretariucha de tres al cuarto para engatusaros a los dos y engañaros como a chinos?
-Si necesito explicártelo, Caye, es que nunca has estado enamorada. Ya he perdido un tiempo precioso contigo, así que si me disculpas, voy a recuperar al amor de mi vida y, si puedo, salvar la amistad con mi hermano de sangre.
Álvaro corrió escaleras abajo y en el camino se tropezó con Richard, dejando caer su abanico color rojo carruaje.
-¡Niño! ¡Osú, qué prisas! ¡Alá, palante, ni perdón, ni ná!
Cayetana salió en ese momento con cara de susto del despacho de Álvaro.
-¡Caye, hija, qué ta pasao! ¡Que vistes un fantasma o es que Bárbara ta vuelto a sisar de la tarjeta!
-¡Álvaro acaba de decirme que va a recuperar al amor de su vida!
-Entonces, ¿lo de Beatriz?
-Completamente cierto.
-¡No puede ser! ¡Eso es imposible! Él que siempre ha tenio tanto gusto pa elegir a las mujeres -dijo, al tiempo que Caye le lanzaba una mirada furibunda- Y, perdóname, Caye, pero es verdad. La Olsen, la Modigliani, Yuma,... ¿Y ahora Beatriz?
-Pues siéntate -le dijo a Richard, obligándolo a sentarse en la silla de Santi-, porque, cuando te diga esto, tal vez te quedes tan blanco como yo.
-A ver, qué ha hecho ahora Bárbara.
-No, es Bárbara. Es Gonzalo. Al parecer, le ha pedido a Bea que se case con ella.
-¡¡¡¡¡QUÉ!!!! -gritó Richard, con todas sus fuerzas.- Eso no puede ser.
-¡Es! Con anillo y todo. Acerté a vislumbrar algo cuando los pillé besándose en el despacho y no es nada barato.
-¿Gonzalito y Bea en el despacho de Álvaro?
-No. Álvaro y Bea en el despacho, besándose y el anillo de Gonzalo en su dedo.
-Creo que voy a necesitá un croqui pa to esto, Caye, porque no sé si Gonzalo le ha pedido a Álvaro que se case con el y te ha besado en el despacho, o soy yo el que se casa contigo y me beso con Al despacho.
-A ver, Richard, Gonza y Bea están prometidos. He visto el anillo. Y Álvaro está intentando recuperarla, por eso el editorial y el penar por las esquinas de Bulevar.
-¡¡¡Vaya con la fea!!!
- Y tú, diciéndome que toda esa pena era por mí -le dijo enfadada.
-¡¡¡El mundo debe haberse vuelto loco!!! -exclamó Richard.- ¿Y cómo era?
-¿El beso?
-No, el anillo, niña, el anillo que yo pa horrores ya tengo las pelis de miedo.
Estando a la puerta del piso de Gonzalo, empezaron a flaquearle las fuerzas. Tal vez no era buena idea. Después de todo, era Gonzalo.
Estaba decidiendo si llamar o no, cuando la puerta se abrió dándole un susto de muerte. Era Gonzalo.
-¡Bea!
-Gonzalo, he hecho algo horrible.
-Estás blanca, mi vida. Entra y te prepararé algo para reanimarte.
-He roto la promesa, Gonzalo.
-¿La promesa? ¿Qué promesa, Triz? ¡No entiendo nada!
¡Ni se te ocurra dejar de besarlo!, le decía su cuerpo.
¿Me volverá a hacer daño?, se preguntaba su corazón...
Bea estaba a punto de volverse loca. Con Álvaro allí, besándola, tocándola y todas esas voces luchando en su interior. Tenía que terminar con esto, pero... ¡¡¡¡No podía!!!
Ya que todo su ser se había revelado, el destino decidió echarle una mano y alguien intentó abrir la puerta desde fuera, clavando el pomo de la puerta en la espalda de Álvaro, que ni por esas se resistió a dejarla ir. Entonces, se oyó la voz de Cayetana llamar a Álvaro y ésta empujó con más fuerza. Separando a los dos y devolviéndolos a la realidad, no sin antes, darle tiempo a observar la escena. Con semejante triángulo en el despacho, nadie se atrevía a hablar.
-Lo siento, Álvaro, no sabía que estabas... -dijo, tratando de encontrar una palabra adecuada.-... ocupado.
Bea no dijo nada. Simplemente, se tocó los labios de nuevo, como reviviendo aquel beso y dedicó a Álvaro una mirada un tanto confusa. Después se hizo hueco entre Cayetana y la puerta y salió.
-¡Bea! -gritó Álvaro.
Pero no pudo seguirla como hubiese sido su intención. Cayetana lo retuvo. Había elegido un mal momento para entrar en el despacho y ahora quería una explicación.
-¿Qué es todo esto, Álvaro?
-Tengo que buscar a Bea, Caye, ahora no tengo tiempo...
-No -dijo, tomándolo fuertemente por el brazo.- ¡Es ahora!
-Es que no entiendo que quieres.
-Quiero que me expliques lo que acabo de presenciar.
-Es un beso, Caye, un beso por el que he rogado durante meses y tú acabas de estropearlo.
-Pero lo de tu secretaria....-dijo, sin creer lo que había visto.- ¿era real? Quiero decir, no se trataba de otra payasada tuya y de Gonzalo para engatusar a la fea.
-¡No vuelvas a llamarla así! -le gritó.
-¿En serio te has enamorado de Beatriz?
-Hasta la médula, hasta los huesos, cada poro de mi cuerpo, cada pelo de mi cabeza, cada vez que respiro... Necesito encontrarla o irá a buscar a Gonzalo y cometerá una tontería....
-¿A Gonzalo? -repitió Caye, cada vez más perdida.
-¡Mira, Caye, no tengo tiempo así que te doy la versión abreviada! Gonzalo y Bea están prometidos y si no hago algo rápido, estarán casados.
Beatriz apenas logró llegar a la puerta de Bulevar porque las chicas, que lo habían estado escuchando todo, se morían por preguntar.
-¿Cómo es eso de que te vas a casar con Gonzalo? -le preguntó directamente Chusa.
-¿Por eso se han peleado los dos gallos de Bulevar, porque están enamorados de la misma gallina y no hay sitio en el corral? -preguntó Marga.
-¡Mare mía, mare mía! -exclamó Benito.- Te doy mi sueldo de este mes si me dices que vas a hacer.
-¡Chicas... Y Benito! ¡Ahora no, ¿vale?! -se quejó Bea.- ¡Ahora no!
Y salió de Bulevar.
Necesitaba pensar. No, necesitaba no pensar. No, en realidad, no sabía qué necesitaba. Empezó a caminar y deseó poder llamar a Santi para que la aconsejase. Pero no podía. Santi siempre había estado de parte de Álvaro, incluso cuando parecía odiarlo, siempre defendió que había podido enamorarse de ella en mitad de todo ese juego.
Su padre, ni pensarlo. Carmelo no podía ser imparcial con respecto a Álvaro, el hombre que tanto daño había hecho a su niña. Además, ahora estaba feliz como una perdiz al lado de Carol y ella no quería estropearle el momento.
Las chicas del 112 estaban demasiado sorprendidas para poder ayudar, tendría que dar mil explicaciones y contestar a preguntas para las que ni siquiera ella tenía respuesta.
Su única opción se reducía a alguien de quien había llegado a depender sin apenas darse cuenta. Gonzalo.
Jamás lo hubiese pensado, pero Gonzalo era un persona en la que se podía confiar si uno se tomaba la molestia de conocerlo, aceptarlo tal y como era y él estaba dispuesto. Y para ella, Gonza siempre había estado dispuesto. Fue a buscarlo a su piso, aunque prometió no poner un pie en él hasta que hicieran de ella una mujer decente, pero... Situaciones extremas exigían decisiones extremas.
Cogió un taxi y buscó la dirección en su agenda.
Mientras tanto, Álvaro trataba de lidiar con Cayetana, que no parecía haberse tomado muy bien la noticia de su enamoramiento. ¿Por qué todo el mundo se sorprendía tanto?
-¡¡¡Enamorado de la fea!!! ¡¡¡¡Álvaro, por amor de Dios!!!
-¡Te-he-dicho-que-dejes-de-llamarla-así! Amo a Beatriz, la amo, Caye y no me importa lo que diga nadie, ni lo que piensen, ni si le parece bien o mal. Yo sólo quiero que Bea me perdone. Y voy a conseguirlo, así tenga que entregarle Bulevar en bandeja de plata.
-¡Tú estás loco, Álvaro, loco! ¡¡¡¡Y Gonzalo, no digamos!!!! Pero ¿qué demonios ha hecho esa insulsa y repelente secretariucha de tres al cuarto para engatusaros a los dos y engañaros como a chinos?
-Si necesito explicártelo, Caye, es que nunca has estado enamorada. Ya he perdido un tiempo precioso contigo, así que si me disculpas, voy a recuperar al amor de mi vida y, si puedo, salvar la amistad con mi hermano de sangre.
Álvaro corrió escaleras abajo y en el camino se tropezó con Richard, dejando caer su abanico color rojo carruaje.
-¡Niño! ¡Osú, qué prisas! ¡Alá, palante, ni perdón, ni ná!
Cayetana salió en ese momento con cara de susto del despacho de Álvaro.
-¡Caye, hija, qué ta pasao! ¡Que vistes un fantasma o es que Bárbara ta vuelto a sisar de la tarjeta!
-¡Álvaro acaba de decirme que va a recuperar al amor de su vida!
-Entonces, ¿lo de Beatriz?
-Completamente cierto.
-¡No puede ser! ¡Eso es imposible! Él que siempre ha tenio tanto gusto pa elegir a las mujeres -dijo, al tiempo que Caye le lanzaba una mirada furibunda- Y, perdóname, Caye, pero es verdad. La Olsen, la Modigliani, Yuma,... ¿Y ahora Beatriz?
-Pues siéntate -le dijo a Richard, obligándolo a sentarse en la silla de Santi-, porque, cuando te diga esto, tal vez te quedes tan blanco como yo.
-A ver, qué ha hecho ahora Bárbara.
-No, es Bárbara. Es Gonzalo. Al parecer, le ha pedido a Bea que se case con ella.
-¡¡¡¡¡QUÉ!!!! -gritó Richard, con todas sus fuerzas.- Eso no puede ser.
-¡Es! Con anillo y todo. Acerté a vislumbrar algo cuando los pillé besándose en el despacho y no es nada barato.
-¿Gonzalito y Bea en el despacho de Álvaro?
-No. Álvaro y Bea en el despacho, besándose y el anillo de Gonzalo en su dedo.
-Creo que voy a necesitá un croqui pa to esto, Caye, porque no sé si Gonzalo le ha pedido a Álvaro que se case con el y te ha besado en el despacho, o soy yo el que se casa contigo y me beso con Al despacho.
-A ver, Richard, Gonza y Bea están prometidos. He visto el anillo. Y Álvaro está intentando recuperarla, por eso el editorial y el penar por las esquinas de Bulevar.
-¡¡¡Vaya con la fea!!!
- Y tú, diciéndome que toda esa pena era por mí -le dijo enfadada.
-¡¡¡El mundo debe haberse vuelto loco!!! -exclamó Richard.- ¿Y cómo era?
-¿El beso?
-No, el anillo, niña, el anillo que yo pa horrores ya tengo las pelis de miedo.
Estando a la puerta del piso de Gonzalo, empezaron a flaquearle las fuerzas. Tal vez no era buena idea. Después de todo, era Gonzalo.
Estaba decidiendo si llamar o no, cuando la puerta se abrió dándole un susto de muerte. Era Gonzalo.
-¡Bea!
-Gonzalo, he hecho algo horrible.
-Estás blanca, mi vida. Entra y te prepararé algo para reanimarte.
-He roto la promesa, Gonzalo.
-¿La promesa? ¿Qué promesa, Triz? ¡No entiendo nada!
jueves, 21 de junio de 2007
Capitulo 15: Los efectos de un despacho
No sabía por qué lo había hecho, pero lo cierto era que necesitaba entrar allí y comprobar si aún tenía el mismo efecto. Lamentablemente, nada había cambiado. Allí seguían sus cosas, las pocas que había dejado tras su marcha de Bulevar. La maraca que dejó conscientemente para no recordar a Álvaro cada vez que la viese, su lapicero lleno de bolis inservibles y clips deformados, los post-its pegados en el mismo sitio donde ella los colocó... Era como si alguien se hubiera ocupado a conciencia de mantener todo intacto, en su lugar.
-¡Sí qué son resistentes esas notas adhesivas! -bromeó para evitar seguir pensando y obviar la intensa mirada de Álvaro sobre ella.- ¡Nueve meses y ahí siguen!
- Los cogí con celo para que no se perdiesen -se justificó.
-¡Álvaro! Sólo son notas sin importancia...
-Para mí sí que la tienen. Tú las escribiste. Tienen algo de tí. Todo lo que hay en esta habitación tiene algo de ti.
-¿De verdad me echas de menos?
-Beatriz, ¿cómo puedes preguntarme algo así?
-Puedo, porque dudo -dijo con firmeza.- Álvaro, admito que lo del editorial me dejó completamente fuera de juego y que es la razón por la que hoy vine a verte, pero...
Tú siempre has sido hombre de grandes gestos que estaban absolutamente vacíos de sentimiento.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Álvaro, temiendo que esta conversación daría al traste con sus planes para ese momento y lugar.
-El reloj de Reyes, la cena de San Valentín, el almuerzo en tu casa cuando fingiste estar enfermo... Yo los creía sinceras muestras de tu amor por mí, pero... No eran más que pequeñas representaciones para un sólo espectador.
-Beatriz -quiso interrumpirla, antes de que se enfadara de verdad.
-¡No, Álvaro! Déjame hablar. Es a lo que he venido.
-De acuerdo -dijo, aunque no tenía ganas de hablar de eso. Sólo de besarla. No sabía por qué, pero verla enfadada acrecentaba sus ganas de besarla sin parar, sin control, sin medida.... Pero tendría que dejarlo para otro momento. Bea quería que la escuchase, y aunque no le gustase lo que iba a oír, tendría que intentarlo.
-¿Tú has visto esa película.... -dudó, porque no recordaba el título.- ¡El show de Truman!
-Con Jim Carrey, sí -dijo, sin saber muy bien a dónde se dirigía aquella conversación.
-Pues así es cómo me sentí yo. Como si todos estuvieseis en complot para representar esta estúpida historia de amor sin sentido para la tonta de la secretaria.
-¿Y Gonzalo? -le reprochó, dolido, aunque sabía que no era la mejor manera de llegar a su corazón.- ¡No te olvides de él, Bea! Porque si yo soy el actor principal, es el alma mater de toda esta historia.
-Gonzalo y mi relación con él no son asunto tuyo.
-¡Ahí te equivocas, Bea! -casi le gritó.- Llevas su anillo y eso te aleja de mí, de lo que sientes por mí.
-Yo ya no siento nada por ti -le dijo con convicción, aunque no estaba segura de sus propias palabras.
-Sabes, tan bien como yo, que mientes. Nunca has podido ocultar tus sentimientos, Bea. Puede que tus labios pronuncien un no o decidan guardar silencio, pero tus ojos... Tus ojos, Mi Beatriz, son pregoneros de todo lo que siente tu corazón.
Beatriz tuvo que guardar silencio durante un segundo. Puede que Álvaro no fuese el hombre más avispado del universo, pero no había duda de que había llegado a conocerla realmente bien.
-Tú no sabes nada de mi corazón -le dijo finalmente.
-Beatriz, te adoro. Adoro cuando mientes porque te sonrojas como una niña a la que han pillado en mitad de una travesura.
Y Bea podía sentir que era cierto. Sentía que sus mejillas ardían. No era extraño que Álvaro hubiese notado que mentía. Jamás pudo hacerlo, ni de palabra ni de corazón.
-No debí venir -dijo, sintiendo de pronto que se había metido en la boca del lobo. Intentó dirigirse hacia la puerta, pero Álvaro le cerró el paso, colocándose de un sólo movimiento delante de la puerta. La cerró y se apoyó contra ella.
-¡No te vayas, por favor!
-¡Déjame pasar, Álvaro! -casi le ordenó, aunque tenía claro que no iba a ser tan fácil de convencer.
-¡Te quiero, Beatriz, no me dejes! -le gritó.
-¡Alvaro, voy a march...! - Y la besó.
Primero fue un beso urgente, anhelado, como quien está sediento después de recorrer mil desiertos; pero, al comprobar que ella no oponía resistencia, bajó el ritmo y la besó lenta y suavemente, saboreando ese instante, disfrutando del contacto no sólo de sus labios, sino del resto de su cuerpo. Un instante que había estado esperando hacía mucho y que creyó que no se repetiría jamás.
La cabeza de Bea daba vueltas. Estaba perdida en ese mar de suspiros, besos, caricias... "¿Qué estás haciendo?" le gritaba su cabeza.
Lo intentaba y lo intentaba, pero no podía poner fin a ese beso. Era como si cada vez que ella se proponía alejarse de él, Álvaro la besara con más ansiedad, más pasión y le pidiese con ese beso que se quedase sólo un poco más...
-¡Sí qué son resistentes esas notas adhesivas! -bromeó para evitar seguir pensando y obviar la intensa mirada de Álvaro sobre ella.- ¡Nueve meses y ahí siguen!
- Los cogí con celo para que no se perdiesen -se justificó.
-¡Álvaro! Sólo son notas sin importancia...
-Para mí sí que la tienen. Tú las escribiste. Tienen algo de tí. Todo lo que hay en esta habitación tiene algo de ti.
-¿De verdad me echas de menos?
-Beatriz, ¿cómo puedes preguntarme algo así?
-Puedo, porque dudo -dijo con firmeza.- Álvaro, admito que lo del editorial me dejó completamente fuera de juego y que es la razón por la que hoy vine a verte, pero...
Tú siempre has sido hombre de grandes gestos que estaban absolutamente vacíos de sentimiento.
-¿Qué quieres decir? -preguntó Álvaro, temiendo que esta conversación daría al traste con sus planes para ese momento y lugar.
-El reloj de Reyes, la cena de San Valentín, el almuerzo en tu casa cuando fingiste estar enfermo... Yo los creía sinceras muestras de tu amor por mí, pero... No eran más que pequeñas representaciones para un sólo espectador.
-Beatriz -quiso interrumpirla, antes de que se enfadara de verdad.
-¡No, Álvaro! Déjame hablar. Es a lo que he venido.
-De acuerdo -dijo, aunque no tenía ganas de hablar de eso. Sólo de besarla. No sabía por qué, pero verla enfadada acrecentaba sus ganas de besarla sin parar, sin control, sin medida.... Pero tendría que dejarlo para otro momento. Bea quería que la escuchase, y aunque no le gustase lo que iba a oír, tendría que intentarlo.
-¿Tú has visto esa película.... -dudó, porque no recordaba el título.- ¡El show de Truman!
-Con Jim Carrey, sí -dijo, sin saber muy bien a dónde se dirigía aquella conversación.
-Pues así es cómo me sentí yo. Como si todos estuvieseis en complot para representar esta estúpida historia de amor sin sentido para la tonta de la secretaria.
-¿Y Gonzalo? -le reprochó, dolido, aunque sabía que no era la mejor manera de llegar a su corazón.- ¡No te olvides de él, Bea! Porque si yo soy el actor principal, es el alma mater de toda esta historia.
-Gonzalo y mi relación con él no son asunto tuyo.
-¡Ahí te equivocas, Bea! -casi le gritó.- Llevas su anillo y eso te aleja de mí, de lo que sientes por mí.
-Yo ya no siento nada por ti -le dijo con convicción, aunque no estaba segura de sus propias palabras.
-Sabes, tan bien como yo, que mientes. Nunca has podido ocultar tus sentimientos, Bea. Puede que tus labios pronuncien un no o decidan guardar silencio, pero tus ojos... Tus ojos, Mi Beatriz, son pregoneros de todo lo que siente tu corazón.
Beatriz tuvo que guardar silencio durante un segundo. Puede que Álvaro no fuese el hombre más avispado del universo, pero no había duda de que había llegado a conocerla realmente bien.
-Tú no sabes nada de mi corazón -le dijo finalmente.
-Beatriz, te adoro. Adoro cuando mientes porque te sonrojas como una niña a la que han pillado en mitad de una travesura.
Y Bea podía sentir que era cierto. Sentía que sus mejillas ardían. No era extraño que Álvaro hubiese notado que mentía. Jamás pudo hacerlo, ni de palabra ni de corazón.
-No debí venir -dijo, sintiendo de pronto que se había metido en la boca del lobo. Intentó dirigirse hacia la puerta, pero Álvaro le cerró el paso, colocándose de un sólo movimiento delante de la puerta. La cerró y se apoyó contra ella.
-¡No te vayas, por favor!
-¡Déjame pasar, Álvaro! -casi le ordenó, aunque tenía claro que no iba a ser tan fácil de convencer.
-¡Te quiero, Beatriz, no me dejes! -le gritó.
-¡Alvaro, voy a march...! - Y la besó.
Primero fue un beso urgente, anhelado, como quien está sediento después de recorrer mil desiertos; pero, al comprobar que ella no oponía resistencia, bajó el ritmo y la besó lenta y suavemente, saboreando ese instante, disfrutando del contacto no sólo de sus labios, sino del resto de su cuerpo. Un instante que había estado esperando hacía mucho y que creyó que no se repetiría jamás.
La cabeza de Bea daba vueltas. Estaba perdida en ese mar de suspiros, besos, caricias... "¿Qué estás haciendo?" le gritaba su cabeza.
Lo intentaba y lo intentaba, pero no podía poner fin a ese beso. Era como si cada vez que ella se proponía alejarse de él, Álvaro la besara con más ansiedad, más pasión y le pidiese con ese beso que se quedase sólo un poco más...
Capitulo 14: Una conversación pendiente
Gonzalo salió de Bulevar sin tropezarse con nadie más y con una sola idea en la cabeza. Ir a ver a Bea. Necesitaba hablar con ella y asegurarse de que el editorial no había cambiado nada de sus planes. No estaba muy seguro de la reacción que había tenido en ella el gesto de Álvaro. Se habían querido tanto, era una amor tan profundo, que tal vez era demasiada la competencia.
Por su parte, Beatriz entró por las puertas de Bulevar apenas unos minutos después de que Gonzalo saliese. Bárbara estaba sentada ya en la recepción y las chicas habían tomado asiento en la cafetería para comentar la sonada discusión entre Gonzalo y Álvaro, cuando la vieron pasar de largo.
-¡Eh, tú, bicho! -le gritó Bárbara cuando Bea casi entraba en el ascensor.- ¿Se puede saber a dónde vas?
-A ver a Álvaro, Bárbara. Te advierto que no estoy para soportar tus tonterías ahora mismo.
-¡¡¡No me puedo creer que tengas la cara dura de presentarte aquí después de lo del editorial!!!
-Estoy aquí por eso precisamente.
-Al debe estar perdiendo la cabeza para escribir algo así y dedicado a ti -le dijo, arrugando la nariz como si estuviera oliendo una caca de caballo.
-Ya te lo dije una vez, Bárbara: La suerte de la fea....
Acto seguido entró en el ascensor.
Las chicas salieron de la cafetería corriendo escaleras arriba.
- Comentaremos la jugada después, nenas, esto se pone interesante -dijo Elena, que iba en cabeza.
-Desde luego, esta empresa es la monda -se rió Jimena.- Aquí no hay quién se aburra.
-¡¡¡Ssssh!!!! ¡¡Callaos, ahí llega Bea!! -advirtió Benito.
-¡Directa al despacho de Álvaro! -exclamó Chusa.- ¡Dios, mataría por ser el maniquí de Álvaro en estos momentos!
-¡Toma y yo! -exclamó Elena.
Beatriz llamó a la puerta del despacho con cuidado, casi con miedo. Tenía que encontrar las fuerzas suficientes para decirle a Álvaro lo que había venido a decir y salir con él corazón intacto. Pero, por el modo en que le temblaba la mano con sólo girar el pomo de la puerta, supo que eso iba a ser poquito menos que imposible.
-Álvaro, ¿puedo pasar?
-¡Beatriz! -exclamó mientras una de esas sonrisas cegadoras estallaba en su cara al verla.
-Necesito que hablemos de esto -dijo, mostrándole el editorial.
-Sabía que eso te haría reaccionar, Bea. ¿Te ha gustado?
-¿Gustarme, Álvaro? -repitió, intentando ocultar la emoción que aquello le había provocado.- Es lo más bonito que alguien ha hecho por mí.
Álvaro se acercó a ella y la tomó de la mano para llevarla hasta el sofá. Se sentaron los dos, pero una vez allí, él no soltó su mano. Bea comenzaba a sentir ese calorcillo tan familiar que sólo sentía cuando estaba con él.... ¡Esto estaba saliendo mal!
-Álvaro...
-Bea... -se llamaron los dos a la vez.- Tú primero.
-Sí, casi lo prefiero. Yo.... Yo tengo que admitir que me sentí muy... que me has llegado al corazón como nunca antes lo hiciste, pero..
-No me pongas peros, Bea -dice Álvaro.- Yo sólo quería que supieras que no he dejado de pensar en ti ni un solo minuto, que quiero estar contigo y que no me importa lo que tenga que hacer para recuperarte -siguió sin dejar de juguetear con su mano.
-Álvaro... ¡¡¡Esto no es buena idea!!! -se quejó ella, aunque su mente y su corazón decían una cosa, su cuerpo reaccionaba de otra muy distinta. Tener a Álvaro junto a ella, tocándola, aunque sólo fuera el roce de sus manos... La hacía perder el contacto con la realidad. El roce de sus manos la transportaban sin querer a esa noche en el cobertizo, cuando Álvaro la amaba, cuando se pertenecían el uno al otro y el mundo era perfecto.
-Sé que aún me quieres, Bea. Puedo sentirlo, lo siento incluso cuando no estás conmigo.
-Yo.... Álvaro, yo necesito que me escuches un momento.
De pronto, él la miró a los ojos, le besó la mano y le dedicó una sonrisa. ¡¡¡Dios!!!, pensó Bea, esa sonrisa podría desarmar ejércitos..... Le estaba prestando atención, iba a escucharla.
-Te quiero, Álvaro, eres el amor de mi vida y lo sabes. No puedo ocultarlo, pero no puedo confiar en ti. Sinceramente, no puedo creer todas esas preciosas palabras, cómo hacerlo cuando ya las escuché una vez y resultaron ser sólo un juego.
-¡Porque ahora son verdad, Beatriz! Porque mi vida ya no tiene sentido a menos que tú estés en ella -le dijo con desesperación.- ¡Te lo he dicho mil veces y te lo diré otras mil más, te lo diré cada mañana al despertar y cada noche antes de dormir durante los próximos noventa o cien años, lo haré escribir en el cielo, lo mandaré a la luna,... ¡Haré lo que tú me pidas que haga!.
-¿De verdad?
-Sí, Bea, en esta vida sólo me importas tú.
-Déjame ser feliz, Álvaro. Déjame olvidarte -dijo, intentando levantarse.
-¿Con Gonzalo?
-Para el caso, es igual, Álvaro.
-Pero, Bea, y todo lo que hemos vivido, todo este amor que... nos tenemos -dijo, eligiendo cuidadosamente el presente, porque a pesar de su resistencia, sabía que Bea lo amaba. Su mano estaba temblando entre las suyas, sus ojos, esos ojos verdes, evitaban los de Álvaro y la distancia física entre ellos, aunque mínima, era como un abismo al que se quería lanzar.
Álvaro lo pensó muy bien. Dudaba de sus propias ideas, hasta ahora no había tenido demasiadas que fuesen tan brillantes como para deslumbrarla.

Miró su mano de nuevo y, observó algo a lo que no le había prestado atención antes. El anillo de compromiso.
-Ese anillo es como tú. Simple, brillante y precioso.
-Álvaro, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
-Yo... yo no hice nada bien. Ni siquiera supe pedirte en matrimonio como es debido. La primera vez, en casa de tu padre, fue un acto desesperado para retenerte...
-Hasta donde yo sé la segunda también podría considerarse así -dijo, con media sonrisa, mientras sus ojos se dirigían hacia su antiguo despacho.
-Pero... Esa vez lo hacía por amor, Bea, no lo sabía pero lo hacía porque temía perderte.
-¿Puedo? -dijo, señalando con la cabeza el despacho, e intentando cambiar la conversación antes de que sus fuerzas comenzasen a flaquear de nuevo.
Álvaro miró hacia el despacho y la llevó hasta allí sin soltarle la mano. Entraron en el despacho y a Bea le recorrió un extraño hormigueo por el cuerpo.
De repente se dio cuenta que entrar en ese despacho no había sido muy buena idea.
Por su parte, Beatriz entró por las puertas de Bulevar apenas unos minutos después de que Gonzalo saliese. Bárbara estaba sentada ya en la recepción y las chicas habían tomado asiento en la cafetería para comentar la sonada discusión entre Gonzalo y Álvaro, cuando la vieron pasar de largo.
-¡Eh, tú, bicho! -le gritó Bárbara cuando Bea casi entraba en el ascensor.- ¿Se puede saber a dónde vas?
-A ver a Álvaro, Bárbara. Te advierto que no estoy para soportar tus tonterías ahora mismo.
-¡¡¡No me puedo creer que tengas la cara dura de presentarte aquí después de lo del editorial!!!
-Estoy aquí por eso precisamente.
-Al debe estar perdiendo la cabeza para escribir algo así y dedicado a ti -le dijo, arrugando la nariz como si estuviera oliendo una caca de caballo.
-Ya te lo dije una vez, Bárbara: La suerte de la fea....
Acto seguido entró en el ascensor.
Las chicas salieron de la cafetería corriendo escaleras arriba.
- Comentaremos la jugada después, nenas, esto se pone interesante -dijo Elena, que iba en cabeza.
-Desde luego, esta empresa es la monda -se rió Jimena.- Aquí no hay quién se aburra.
-¡¡¡Ssssh!!!! ¡¡Callaos, ahí llega Bea!! -advirtió Benito.
-¡Directa al despacho de Álvaro! -exclamó Chusa.- ¡Dios, mataría por ser el maniquí de Álvaro en estos momentos!
-¡Toma y yo! -exclamó Elena.
Beatriz llamó a la puerta del despacho con cuidado, casi con miedo. Tenía que encontrar las fuerzas suficientes para decirle a Álvaro lo que había venido a decir y salir con él corazón intacto. Pero, por el modo en que le temblaba la mano con sólo girar el pomo de la puerta, supo que eso iba a ser poquito menos que imposible.
-Álvaro, ¿puedo pasar?
-¡Beatriz! -exclamó mientras una de esas sonrisas cegadoras estallaba en su cara al verla.
-Necesito que hablemos de esto -dijo, mostrándole el editorial.
-Sabía que eso te haría reaccionar, Bea. ¿Te ha gustado?
-¿Gustarme, Álvaro? -repitió, intentando ocultar la emoción que aquello le había provocado.- Es lo más bonito que alguien ha hecho por mí.
Álvaro se acercó a ella y la tomó de la mano para llevarla hasta el sofá. Se sentaron los dos, pero una vez allí, él no soltó su mano. Bea comenzaba a sentir ese calorcillo tan familiar que sólo sentía cuando estaba con él.... ¡Esto estaba saliendo mal!
-Álvaro...
-Bea... -se llamaron los dos a la vez.- Tú primero.
-Sí, casi lo prefiero. Yo.... Yo tengo que admitir que me sentí muy... que me has llegado al corazón como nunca antes lo hiciste, pero..
-No me pongas peros, Bea -dice Álvaro.- Yo sólo quería que supieras que no he dejado de pensar en ti ni un solo minuto, que quiero estar contigo y que no me importa lo que tenga que hacer para recuperarte -siguió sin dejar de juguetear con su mano.
-Álvaro... ¡¡¡Esto no es buena idea!!! -se quejó ella, aunque su mente y su corazón decían una cosa, su cuerpo reaccionaba de otra muy distinta. Tener a Álvaro junto a ella, tocándola, aunque sólo fuera el roce de sus manos... La hacía perder el contacto con la realidad. El roce de sus manos la transportaban sin querer a esa noche en el cobertizo, cuando Álvaro la amaba, cuando se pertenecían el uno al otro y el mundo era perfecto.
-Sé que aún me quieres, Bea. Puedo sentirlo, lo siento incluso cuando no estás conmigo.
-Yo.... Álvaro, yo necesito que me escuches un momento.
De pronto, él la miró a los ojos, le besó la mano y le dedicó una sonrisa. ¡¡¡Dios!!!, pensó Bea, esa sonrisa podría desarmar ejércitos..... Le estaba prestando atención, iba a escucharla.
-Te quiero, Álvaro, eres el amor de mi vida y lo sabes. No puedo ocultarlo, pero no puedo confiar en ti. Sinceramente, no puedo creer todas esas preciosas palabras, cómo hacerlo cuando ya las escuché una vez y resultaron ser sólo un juego.
-¡Porque ahora son verdad, Beatriz! Porque mi vida ya no tiene sentido a menos que tú estés en ella -le dijo con desesperación.- ¡Te lo he dicho mil veces y te lo diré otras mil más, te lo diré cada mañana al despertar y cada noche antes de dormir durante los próximos noventa o cien años, lo haré escribir en el cielo, lo mandaré a la luna,... ¡Haré lo que tú me pidas que haga!.
-¿De verdad?
-Sí, Bea, en esta vida sólo me importas tú.
-Déjame ser feliz, Álvaro. Déjame olvidarte -dijo, intentando levantarse.
-¿Con Gonzalo?
-Para el caso, es igual, Álvaro.
-Pero, Bea, y todo lo que hemos vivido, todo este amor que... nos tenemos -dijo, eligiendo cuidadosamente el presente, porque a pesar de su resistencia, sabía que Bea lo amaba. Su mano estaba temblando entre las suyas, sus ojos, esos ojos verdes, evitaban los de Álvaro y la distancia física entre ellos, aunque mínima, era como un abismo al que se quería lanzar.
Álvaro lo pensó muy bien. Dudaba de sus propias ideas, hasta ahora no había tenido demasiadas que fuesen tan brillantes como para deslumbrarla.
Miró su mano de nuevo y, observó algo a lo que no le había prestado atención antes. El anillo de compromiso.
-Ese anillo es como tú. Simple, brillante y precioso.
-Álvaro, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
-Yo... yo no hice nada bien. Ni siquiera supe pedirte en matrimonio como es debido. La primera vez, en casa de tu padre, fue un acto desesperado para retenerte...
-Hasta donde yo sé la segunda también podría considerarse así -dijo, con media sonrisa, mientras sus ojos se dirigían hacia su antiguo despacho.
-Pero... Esa vez lo hacía por amor, Bea, no lo sabía pero lo hacía porque temía perderte.
-¿Puedo? -dijo, señalando con la cabeza el despacho, e intentando cambiar la conversación antes de que sus fuerzas comenzasen a flaquear de nuevo.
Álvaro miró hacia el despacho y la llevó hasta allí sin soltarle la mano. Entraron en el despacho y a Bea le recorrió un extraño hormigueo por el cuerpo.
De repente se dio cuenta que entrar en ese despacho no había sido muy buena idea.
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